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¡Y si todos fueramos capaces de unirnos, para que nuestros golpes fueran más sólidos y seguros, para que todos los tipos de ayuda a los pueblos en lucha fueran más eficaces, cómo sería grande y próximo el futuro!

ERNESTO "CHE" GUEVARA


Para la Europa, para nosotros mismos y para la humanidad, compañeros, es necesario transformarse, desarrollar un pensamiento nuevo, intentar un hombre nuevo.

FRANZ FANON


Hoy la injusticia camina con paso seguro. Los opresores se basan en diez mil años de experiencia. La violencia garantiza: así como es, así permanecerá.

Ninguna voz se siente excepto la voz de quien comanda.

BERTOLT BRECHT

REFLEXIONES SOBRE LA SOLIDARIDAD DE HOY

INTRODUCCIÓN

Un nuevo espectro merodea por el mundo; su orden monopolizante es oprimente; su insolencia inspira respeto, indignación, terror o admiración entre la gente, y ésto está estrechamente relacionado con el rol y la ubicación que se les ha impuesto desde el orden hegemónico. Un nuevo orden, en apariencia, democrático. Pero ni siquiera para todos, sólo para una neta minoría: luego de haberle quitado la capacidad de ver y de comprender.

El saber es cada vez más parcializado y capitalizado, ya que la ciencia y la tecnología, que hoy podrían dar trabajo, desarrollo y dignidad a todos, de hecho, son puestas al servicio de la criminalidad: legal, paralegal y también de Estado, como expresión política de este poder.

El problema determinante es la dependencia cultural; "la ideología de la clase dominante termina por convertirse en dominante" y, la inducción a la simplificación, a la ilusión y consecuentemente al error, es el arma contra la cual es más difícil vencer; "es imposible liberar un esclavo que se cree libre".

Durante miles de años se creyó que el sol fuese una fuente perfecta e inagotable de luz, ¡pero no por ésto ello es verdad! En realidad el sol está es una situación de extremo caos, arde y emite convulsas y enormes llamaradas en una insensata autoconsumación, en un enloquecedor desperdicio de energía. Es una gigantesca bomba de hidrógeno en disminución, nacido en la catástrofe, se consume a la temperatura de su destrucción y su futuro tiene solo dos alternativas: o la explosión o la implosión.

Durante miles de años se creyó que el sol iluminase el centro del universo, o bien tal se consideró la Tierra; hoy sabemos de ser un insignificante planeta, en el contexto de un pequeño sistema estelar, a los bordes de una galaxia más entre miles de millones de otras galaxias.

La apariencia, lo obvio, la racionalidad y la evidencia nos permiten mirar y retener objetivo (o sea real) aquéllo que es sólo subjetivo, o bien aquéllo que así parece; estas son ilusiones de las cuales es imposible liberarse sino a través de la investigación constante, la decisa rebelión a las costumbres y la perseverante batalla contra el engaño de la superficialidad.

La realidad es siempre más compleja de cuanto superficialmente puede parecer y también cuando se la alcanza no es definitiva, ya que está en contínua transformación, dialécticamente ligada a las situaciones determinadas por la globalidad y complejidad de un momento dado, por lo tanto, cuando se la alcanzó, es necesario mantener con ella una constante relación de relatividad y de confrontación basada científicamente en la prueba empírica. Cada cosa, cada situación, debe ser severamente contextualizada para poder comprenderla por lo que es, sin la deformación de aquéllo que querríamos que fuera y que, en consecuencia, nos parece.

Ni siquiera la solidaridad escapa a esta regla, para comprender sus razones, sus objetivos y los medios a utilizar para llevarla a cabo, es necesario introducirla en el contexto histórico y económico que produjo las motivaciones de su necesidad, que se convirtió en tal a través de la constatación de la creación de vastísimas áreas de subdesarrollo en todo el planeta, determinadas por sistemáticas rapiñas perpetradas por parte de los países militarmente más potentes que, durante siglos de conquistas y genocidios contra aquéllos más débiles, han impuesto su supremacía. Civilizaciones y pueblos enteros son aún sofocados por la hegemonía de las relaciones de producción determinadas por las leyes del capital y no por caprichos de la naturaleza.

Los problemas sociales de la opresión, de la discriminación y de la explotación, no son casuales o características específicas de la especie humana, la subordinación de la mujer no está en la relación hombre-mujer, así como el problema del racismo no será jamás enfrentado seriamente si se lo individua en la relación entre blanco y negro, ni el problema de la tierra o de la casa está en el campesino o en el sin-tierra. El problema está exclusivamente en las formas de organización y de convivencia, o sea de explotación y dominación creadas y actuadas por las sociedades que, a lo largo de los tiempos, legitiman la presunta "superioridad" y la consecuente dominación de los hombres sobre las mujeres, de los blancos sobre los negros, y de la clase dominante sobre la clase popular. Son los mismos mecanismos que obligan a masas y a pueblos enteros a la incertidumbre sobre el futuro, a la angustia de un mañana siempre peor, en perenne contraposición entre ellos hasta el odio más profundo, hasta la guerra, convencidos de matar el enemigo el cual, en vez, se encuentra entre ellos, víctimas desconocedoras de que las necesidades de los pueblos, al sud como al norte, al este como al oeste, son la certidumbre del trabajo y de la dignidad, o bien, una repartición equitativa de las riquezas disponibles. Pero esta obviedad es sistemáticamente sofocada: dividir es una vieja táctica para imperar y una irrenunciable exigencia de la sociedad en la que vivimos que perpetúa su violencia finalizada en la desmoderada riqueza de pocos, en una frenética carrera de lobos, en la cual se puede ganar solamente gracias a la opresión de muchos.

LA SOCIEDAD CAPITALISTA

"La sociedad en que vivimos, comenzó hace dos siglos con tantas promesas de libertad, igualdad y fraternidad, con la ilusión teórica de que la libertad conducía por sí sola, inevitablemente, a los otros dos objetivos de la trilogía; se transformó en la trágica caricatura de sí misma, devoradora de los propósitos que la hicieron nacer. En realidad no se puede ser hermanos sin ser iguales y no se puede ser iguales sin ser igualmente libres de la necesidad y de la opresión."

La sociedad burguesa "identifica la libertad del mercado con la libertad de las personas", la cual, independientemente de sus operadores, está finalizada al enriquecimiento ilimitado de pocos, en una lucha científicamente despiadada de cada uno contra todos, para nada dirigida a solucionar los problemas sociales que aflijen a miles de millones de personas. Miente sabiendo de mentir cuando dice de querer resolver: cada producción, cada desarrollo, cada servizio, se detiene si falta el lucro y cada uno puede consumir sólo en función del dinero que posee, y morir solo como un perro si no lo tiene. En la parte industrializada del globo (definida eufemísticamente "civilizada") el consumo viene inducido e impuesto por la persuación publicitaria que invade y coloniza la mente con la benévola protección de las instituciones, y los ciudadanos vienen utilizados como animales de engorde, dominados por la hipocresía del dinero, de la conveniencia. Los que pagan con un suplicio, despiadado y cotidiano, sin la esperanza de un mañana, son los definidos hipócritamente pueblos en vías de desarrollo, en realidad, esclavos del imperio del dinero, de sus leyes del mercado y de las políticas del Fondo Monetario Internacional y del Banco Mundial.

Este estado de cosas sólo se puede imponer y mantener a través de la más despiadada violencia (como sucede en el llamado Tercer Mundo), o con una parcialización tal del saber que hasta honestos intelectuales y científicos, especialistas de una pequeña parte del conocimiento, pierden la visión general y no se dan cuenta de que, convencidos de trabajar papa la investigación y el desarrollo, de hecho están al servicio de los intereses dictatoriales y totalizantes del dinero.

Paradójicamente: el "Norte rico" tiene el monopolio de la alimentación del "Sud pobre" que, a su vez, perseguido por el espectro del hambre, está obligado a producir cosas superfluas para los países ricos.

De hecho, el "Sud pobre" paga la opulencia y el derroche del "Norte rico".

Es indispensable luchar contra todo lo que aparece como obvio y racional para reapropiarse de la cultura perdida, para demoler las barreras que separan a los pueblos, transformándose en constructores concientes de que las iniciativas políticas y económicas que cotidianamente vienen proyectadas por los "Países ricos" con respecto al "Sud del mundo" no son ni equitativas ni solidarias,y difícilmente pueden ser útiles a los dos (esta remota probabilidad está de todos modos determinada sólo por la capacidad contractual, o sea la capacidad de lucha de los pueblos); la lógica capitalista del lucro apoya la propia riqueza en la creación y la explotación de la pobreza de los demás, y cada acción suya no puede prescindir de esto; inevitablemente, también cuando dice de actuar movida por sentimientos de solidaridad. Las leyes del "libre mercado" preválgono sobre los eventuales propósitos o sentimientos de real libertad, igualdad y fraternidad que, necesariamente, instrumentalizan y distorsionan.

Como prueba de esto basta reflexionar sobre el fin del GATT y sobre el subsiguiente nacimiento (con toda la pompa y entre solemnes declaraciones), en la Cumbre de Marrakesh, en Marruecos, el 14 de abril de 1994, de la Organización Mundial del Comercio (WTO): un acuerdo en el cual la protección del ambiente es considerada un obstáculo al libre comercio y, por lo tanto, puesta bajo acusa; un acuerdo que impone un aumento de la competencia entre los países del Tercer Mundo; un acuerdo en el cual los países industrializados poseedores de la tecnología, imponen al resto del mundo el denominado "trade-related intellectual property rights" o, más simplemente, la "propiedad intelectual" y la patente de todas las formas de vida sui generis: en definitiva, en agricultura (pero no sólo) significa la posibilidad de patentar semillas obtenidas por medio de la ingeniería genética, lo cual quiere decir dar a las haciendas multinacionales el monopolio sobre la producción de las semillas definidas "de alto rendimiento". Este es el natural resultado de una política que va adelante desde hace décadas y que comenzó en los años ´60 con el programa impropia y tendenciosamente denominado "revolución verde". Estas semillas "de alto rendimiento" responden bien sólo si se efectúa una maciza aplicación de fertilizantes e insecticidas, que provoca una aceleración del degrado ambiental, de la salinización de los suelos, de la contaminación de las fuentes hídricas y de la dependencia de los campesinos sea por el abastecimiento de semillas (controlado por las multinacionales), sea por la necesidad de subsidios para fertilizantes e insecticidas.

La Oficina de Patentes Europea ya patentó la soja modificada genéticamente a favor de la multinacional norteamericana Agracetus y, entre otras cosas, están próximos al patentamiento el arroz y el maíz: alimentos irrenunciables de los dos tercios de la población mundial. El objetivo final es claro: obtener el control de la alimentación de toda la humanidad por parte de pocas multinacionales, las cuales, si no habrá una fuerte oposición, determinarán de manera cada vez más precisa quién deberá consumir los cada vez más escasos recursos del planeta. En este panorama resulta evidente que, en un próximo futuro, la cultivación que hoy se realiza en los países industrializados, en terrenos cada vez más estrechos y empobrecidos, a costos cada vez más altos, podrá ser transferida a los países del Tercer Mundo que, con total seguridad, se verán imposibilitados de lograr la autosuficiencia, ya que los productos obtenidos de las semillas "de alto rendimiento" tienen la característica de ser híbridos, y por lo tanto no reutilizables para la siembra.

Debemos reconocer que nuestra riqueza es la consecuencia del más grande y bárbaro sistema científico de opresión y de explotación de los dos tercios de la humanidad; en el cual las decisiones, formalmente de muchos, en relidad son sólo de pocos; vivimos en una situación de despiadada guerra económica que aviene sobre nuestras cabezas, en el peligro permanente de caer también nosotros en la misma situación a la que habíamos arrastrado a aquéllos; vivimos en un sistema económico y político responsable de crímenes contra la humanidad de los cuales hasta ahora ninguno se había manchado en manera tan grande, y el rescate de esta situación sólo puede avenir a través de la solidaridad entre todos los pueblos.

EL "TERCER MUNDO"

La burguesía es talmente conciente de la necesidad de la unidad, de la colaboración y de la solidaridad entre los pueblos, que ha difundido cada aberración histórica y seudo científica para sembrar desconfianza, xenofobia y racismo hacia los pueblos explotados, de este modo se generalizó la convicción según la cual los países pobres son tales porque son incapaces de embocar una salida que los lleve a superar el atraso con un desarrollo autónomo como sucedió en Europa en los últimos 150 años. El hecho es que hoy las condiciones son distintas de aquéllas de entonces, y la revolución industrial que requería abundante mano de obra es un hecho irrepetible ya que los países industrializados, sirviéndose de la ventaja de poseer las nuevas tecnologías, y sirviéndose de los impuestos de aduana, hacen imposible qualquier producción indeseable en los países del Tercer Mundo. Es más, los productos tecnológicos vienen exportados a los países atrasados creando así nueva dependencia y éxodos de la campaña, provocando enormes concentramientos de villas miserias en los márgenes de las ciudades, con el espejismo de una imposible vida mejor. Ya 250 millones de personas viven en monstruosas villas miserias en África, Asia, América Latina.

Otro factor importante fue la emigración que permitió a 50 millones de europeos de resolver en algún modo los problemas de subsistencia, mientras hoy los emigrados que llegan a occidente no encuentran una sociedad en expansión, sino un sistema en crisis, que no puede ofrecer más que nueva miseria.

El tercer motivo de la irrepetibilidad hoy de un desarrollo en algún aspecto similar al europeo de ayer es la falta de pueblos para someter a los cuales arrancarles riquezas y cultura con la colonialización, como hicieron los europeos.

Cuarto motivo, el colosal endeudamiento (nunca a favor de las masas), únicamente efectuado considerando la ganancia y las evaluaciones políticas de gobiernos corruptos y servidores de los países capitalistas, contraído con los bancos de estos últimos, lleva a una sujeción tal que, aunque en los casos en los que con la lucha popular se logró terminar con estos lacayos del imperialismo, la extorsión económica estrangula la economía e impide la realización de reformas que vayan en la dirección de las necesidades populares.

La rapiña sistemática de los productos de los países del África, Asia, América Latina, y la explotación de las poblaciones de estos países, provocan un fuerte sentimiento de rebelión contra aquéllos gobiernos autoritarios que son, en definitiva, la expresión de los intereses del imperialismo y causa directa del perpetuarse del dominio de los "países ricos". Ciertamente, los intereses del gran capital internacional en la explotación de los pueblos para la acumulación de riquezas son inconciliables con la voluntad de libertad de los pueblos y de ésto, de las profundas injusticias, nacen los conflictos que devastan el Tercer Mundo. El enfrentamiento, se diga lo que se quiera, es entre quien quiere mantener los propios privilegios a costas de los demás, y quien no está más dispuesto a dejarse explotar.

Hay un solo modo para salir de esta situación: la modificación de las relaciones de producción y de intercambio entre los países occidentales y el Tercer Mundo, un diálogo entre iguales.

Un dato que explica claramente la dependencia de los Países pobres con los Países ricos es la comprobación de cómo la colonización hizo que aquellos países no cultivaran más productos necesarios para subsistir ( así comenzó el hambre endémico ) sino aquéllos que servían y sirven todavía hoy al opulento occidente. Pensemos que en los países donde se muere de hambre se produce: azúcar, maní, cacao, café, té y algodón, todas cosas que satisfacen la sobrealimentación en los países industrializados, esto ya de por sí es monstruoso, pero supera todos los límites el pensar que estos productos, de año en año, son pagados siempre de menos, incrementando el robo sistemático, provocando ulterior deterioro de las condiciones de vida de aquellos pueblos y un posterior crecimiento de la deuda externa.

Cada vez más frecuentemente se escucha decir que el origen del hambre en los países del Tercer Mundo es el alto porcentaje de natalidad existente. El alto porcentaje, en los "países pobres", tiene motivos muy precisos como el atraso, y depende de factores religiosos, del analfabetismo y, para los campesinos, de la necesidad de tener una cierta cantidad de hijos varones por familia. Un alto índice de natalidad es también necesario para suplir el alto índice de mortalidad infantil y, el tener un alto número de hijos aumenta la posibilidad de sobrevivencia para los padres que, envejeciendo, no tendrían más la posibilidad de proveer a la propia subsistencia; como último dato, en los países del Tercer Mundo los hijos representan también la jubilación en la ancianidad.

Los países que llegaron a un cierto grado de desarrollo controlan perfectamente los nacimientos. La explosión demográfica, antes que ninguna otra cosa, es un producto de la pobreza, del aislamiento, de la ignorancia a la que están sometidas dos terceras partes de la humanidad.

Los países que han planificado la eliminación de la pobreza han logrado dominar el aumento de la población.

Es cierto que el incremento demográfico es un enorme problema pero seguramente no es la causa del hambre. La producción de cereales en el mundo es hoy tal que una distribución equitativa permitiría saciar a todos; son en realidad las leyes del mercado que transforman los precios en inaccesibles para los "paíse pobres" condenando así a centenares de millones de hombres al hambre.

Por lo cual es profundamente equivocado creer, como piensan muchos, que la riqueza de los países industrializados sea la consecuencia del mayor empeño en el trabajo por parte de los trabajadores allí residentes o de la mayor eficiencia del sistema democrático burgués, el cual en realidad funciona sólo en el ámbito de las leyes de la máxima ganancia, explotando intensivamente todas las reservas del mundo sin preocuparse del constante empobrecimiento que necesariamente provoca entre las clases sociales más débiles de cada país pero principalmente entre los pueblos que mentirosamente vienen llamados "en vías de desarrollo".

EL IMPERIALISMO

Parecería paradojal que aquéllos que vienen definidos como "los países del capitalismo avanzado", o bien los países que poseen el monopolio de la ciencia y de la tecnología, puedan ser responsables de la decadencia de la humanidad, pero es justamente el consumismo desenfrenado de los recursos (que no es progreso), inducido por la búsqueda del máximo lucro, el que lleva a un rápido agotamiento de las condiciones ambientales necesarias para la continuidad de la vida, y porque abusa de todos los recursos tecnológicos disponibles. Esto demuestra que la ciencia, lejos de ser independiente, en realidad está al servicio de la clase dominante. Tanto más rápida e indiscriminadamente se consumen las riquezas fósiles, energéticas y ambientales, que hoy todavía se encuentran en aquél que viene definido Tercer Mundo, tanto menor es el tiempo que queda a disposición para nuestra sobrevivencia. Ovbiamente, los países "abastecedores" de estas riquezas quedan excluídos de los consumos y no podrán llegar jamás a niveles de bienestar, menos aún de consumismo, paragonables a aquéllos de los países del capitalismo avanzado. A causa de las nuevas tecnologías, en el mundo vienen abatidos, a cada minuto, decenas de hectáreas de selvas, cada año vienen destruídos 15 millones de hectáreas de vegetación, en menos de un siglo,al ritmo actual, desaparecerían las selvas tropicales. Todo esto gracias al uso irresponsable de aquella tecnología que debería mejorar la calidad de la vida.

El progreso tecnológico e industrial es deseable en la medida en la cual sirve a la plena satisfacción de las necesidades fundamentales de todos los hombres. El superfluo, donde se realiza, es nocivo. La sociedad capitalista considera el progreso sólo en términos materiales y, en la lucha que pone a unos contra otros en la carrera por el poder, la riqueza, el suceso, acantona deliberadamente cada hipótesis de progreso en la cultura intelectual ya que esta última decretaría, sin lugar a dudas, su fin. Sólo en una condición patológica se puede aceptar como un hecho normal la lucha y la incertidumbre por la existencia o, peor aún, el vivir en la opulencia privando a los demás de sus derechos elementales.

Esta patología considera el mundo dividido en "países ricos del norte" y "países pobres del sud", como si el atraso y el subdesarrollo fueran determinados por factores climáticos y circunscriptos al sud del globo, mientras en la parte norte, donde viven los blancos, habría opulencia por los mismos motivos. Las cosas, naturalmente, no son así, dado que entonces no se explicaría (por hacer un ejemplo) cómo la rica Australia se encuentra decididamente al sud y el pobre Méjico al norte. Las motivaciones por las cuales existe una parte del mundo hambrienta y pobre no son un misterio, y menos todavía un capricho de la naturaleza. El subdesarrollo fue creado y es aún conservado por la voracidad del imperialismo.

El atraso de aquéllos que son llamados "países emergentes" (otro eufemismo que quiere ignorar o, mejor, encubrir su progresivo empobrecimiento), es la consecuencia más evidente de las conquistas coloniales, del saqueo, de la destrucción de culturas y de enteras poblaciones como en la América Latina, y de la esclavitud y deportación de millones de negros del África, que han hecho confluir en Europa y en América del Norte, durante siglos, riquezas inmensas provenientes de cada rincón de la Tierra.

El creciente empobrecimiento del Tercer Mundo aparece todavía más evidente con el desigual mecanismo de intercambio impuesto por las multinacionales, por los bancos y por los gobiernos occidentales (autodenominados democráticos), que determinan la constante caída de los precios de las materias primas que importan y, como si fuera poco, regularmente, burlándose del libre intercambio por ellos proclamado, actúan leyes y comportamientos proteccionistas. Las denominadas ayudas económicas son, en efecto, un ulterior mecanismo perverso de endeudamiento insolvente, en cuanto el contínuo crecimiento del porcentaje de los intereses y los contínuos aumentos de los precios de las mercaderías importadas, aplastan estos países induciéndolos a tomar decisiones autodestructivas como la explotación intensiva de sus recursos y el embrutecimiento del territorio, con consecuencias negativas para el futuro de toda la humanidad, según la lógica más despiadada de las leyes del capital.

Es el caso recordar que, mientras se nos quiere convencer a aceptar términos como libertad, pluralismo y democracia, así como tantas otras palabras mágicas con valor absoluto pero de contenido indefinido, naturalmente ligadas inseparablemente a la sociedad burguesa, vivimos, a pesar nuestro, en la sociedad más cruel que jamás haya existido, artífice de crímenes sin precedentes. Vivimos en una situación en la cual el desordenado desarrollo económico y tecnológico, despachado gratuitamente por progreso (y de todos modos reservado a un estrecho grupo de países), en realidad no es otra cosa que el resultado de una bien precisa lógica del lucro a cualquier precio. Los protectores y aprovechadores de tal lógica son incapaces de admitir que se puede hablar de desarrollo sólo si éste se realiza en la medida del hombre, o sea en relación con las reales necesidades de éste. En la sociedad capitalista, y con mayor razón en la actual fase imperialista, la distribución de la riqueza es vergonzosa y necesariamente desigual. Basta tomar algunos datos (de algunos años atrás pero aún hoy válidos): los Estados Unidos de América, que son el 5,6% de la población mundial, producen, con todas sus pomposas industrias esparcidas por todo el mundo, el 23,1%, pero se apropian del 55% de todas las riquezas producidas.¡Esto es el imperialismo! El hecho que el 75% de las poblaciones del mundo subdesarrollado, cínicamente definido "en vías de desarrollo", ofrezca el 80% de las materias primas y recave sólo el 20% de toda la riqueza producida en el mundo, da la medida de una situación que se agrava y se profundiza cada vez más, año por año, así como se hace más profunda, año por año, la diferencia entre el Norte y el Sud. Estos son datos primarios para comprender qué cosa es el imperialismo. Si es verdad que, en parte, el acúmulo vergonzoso de riqueza es producido por medio de la explotación de las materias primas compradas a bajo precio, otro aspecto es la paga de la fuerza de trabajo (local o de inmigración) a bajo costo. En el 1850 los EEUU tenían 23 millones de habitantes y en el curso de un siglo han tenido 40 millones de inmigrantes, todos ya formados también profesionalmente, llevados al nivel justo en sus propios países de origen para ser introducidos en el mercado del trabajo; 40 millones que con los descendientes se convirtieron en 106 millones. De ahí proviene la gran explosión de potencia norteamericana. Porque justamente, los grandes flujos migratorios (desconocidos hasta el advenimiento de la sociedad industrial) son otra creación y exigencia de la gran burguesía. En consecuencia, la inmigración y la explotación de la misma es un ulterior factor que determina la riqueza y el imperialismo de una nación. En el arco de un siglo, los EEUU han aumentado la propia población de nueve veces, y el correspondiente aumento del producto lordo nacional ha registrado un incremento anual del 4,1%; mientras Italia, país que en el mismo período tenía una fuerte emigración, ha registrado un aumento medio de la población del 0,7% y un aumento medio del rédito del 1%. Ésta es la diferencia que pasa entre un país que importa mano de obra y uno que la exporta como mercadería, privándose del instrumento capaz de transformar en bienes y servicios la riqueza de las materias primas.

En fin hay otra forma de rapiña financiera del Tercer Mundo, de origen local, aquélla llevada a cabo por las burguesías internas y de los varios dictadores, pupilos de los grandes monopolios y de los gobiernos occidentales de quienes son su expresión política.

Las multinacionales no intervienen solamente en el ámbito económico de los países en los que "operan", también crean presiones y condicionamientos a nivel gobernativo y popular, con manipulaciones de masa utilizando periódicos, radio, televisión, determinando aprobaciones inducidas y mortíferas para aquellos países obligados a sufrir el imperialismo. Naturalmente las "leyes de la jungla reproducidas y agravadas por la sociedad concurrencial", lejos de reguardar sólo los terceros países, procuran tambìén la ruina del propio país permitiendo la utilización desenvuelta de los capitales con la única justificación de la búsqueda de la máxima ganancia. Las oligarquías de los países del Tercer Mundo transfieren sus capitales en los bancos occidentales (que luego vuelven a entrar bajo la forma de "ayudas" y sucesivamente retornan definitivamente en occidente para la compra de éstos, a precios altísimos, de artículos alimentarios y/o tecnológicos, cuando no se trata de armamentos destinados a oprimir las oposiciones y a mantener regímenes antipopulares), en modo del todo semejante; tambìén de los países europeos hay una constante fuga de capitales hacia los EEUU, no investidos en los propios países en modo racional y al servicio de la plena ocupación.

El lucro no tiene patria ni moralidad y sus exigencias son incontrolables, los consumos también incontrolados por ello manejados, inducen a los países pobres a gastar y a endeudarse cada vez más, en un espiral sin sentido y sin fin, ciertamente muy por encima de las reales posibilidades, convencidos de que la pasión consumística sea el fin último de las aspiraciones humanas. La sociedad basada en lo efímero es la clara negación de sí misma. Ésta ha llevado (paradojalmente) a los EEUU a un débito total, por cada ciudadano (incluídos ancianos y niños), de 30.000 dólares pro cápita, lo cual quiere decir, comparado con el débito del Tercer Mundo (que es de 400 dólares pro cápita), que los ciudadanos de los EEUU tienen un débito 75 veces más grande: y estamos hablando del país "guía" del denominado "mundo libre". Es evidente que los intereses de los pueblos están en neto contraste con aquéllos de los monopolios y que, lamentablemente, estos últimos tienen la capacidad de llevar a la ruina la entera humanidad. En consecuencia, es necesario reconocer de una vez por todas que el modelo del neoliberismo, basado en los privilegios de una minoría, no es deseable, ni aplicable al conjunto de la humanidad.

La iniciativa privada, a causa de la competencia que inevitablemente implica, niega la colaboración y el respeto de los derechos necesarios al ser humano para progresar y mantener las condiciones de vivibilidad también para las generaciones futuras. Contrariamente, favorece en manera determinante el degrado civil y la decadencia de la vivibilidad misma.

Prueba de ésto es el proceso de privatización en acto por todas partes, el cual no tiende a mejorar los servicios (y, de hecho, no los mejora), sino a convertirlos en más apetecibles y más caros y, en consecuencia, sólo disponibles para quienes pueden pagárselos. Las privatizaciones siempre dieron lugar a despidos macizos de personal con las patéticas excusas de reestructuraciones (siempre infinitas), creando divisiones entre los trabajadores; bien pagados cuando incorporados en los sectores de empuje de la economía, subocupados o desocupados y reducidos a la emarginación cuando resulta cómodo a los intereses del capital, mientras al contrario, las nacionalizaciones, si gestidas con criterios sociales, garantizan a todos la posibilidad de satisfacer las propias legítimas exigencias sin discriminación de algún tipo. La privatización anula estas garantías y las pone, como cualquier otra mercadería, sólo a disposición de quien puede pagarlas. Ésto explica cómo es posible una "sobreproducción alimentaria" con las consecuentes destrucciones de los "excedentes" en los países ricos, mientras 40.000 personas por día mueren de hambre. La explicación es de una simplicidad atroz: ésos no pueden pagar y, en consecuencia, son automáticamente excluídos de los consumos y de la posibilidad de gozar de cualquier servicio. La cantidad de dinero poseída, o sea el poder de compra, es la medida que determina la posibilidad de disfrutar del bienestar hasta el consumismo.

En esta sociedad no se tiene nada que no se pueda pagar.

Esta concepción de la vida, despachada vulgarmente por libertad, no es otra cosa que el producto natural de la más reaccionaria y antihumana organización social "que reduce a todos los hombres en otros tantos concurrentes en creciente conflicto y los pone delante de una encrucijada: resolver la economía científicamente, o sea en un servicio social planificado para el bien de todos y de cada uno, o dejarla al servicio privado, o sea un mecanismo cada vez más criminal, el cual, en perspectiva, nos condena a la autodestrucción".

LOS MOVIMIENTOS DE LIBERACIÓN NACIONAL

La función propulsiva de las luchas de los movimientos de liberación nacional que han llevado al fin de los imperios coloniales después de la Segunda Guerra Mundial, es seguramente uno de los advenimientos históricos de mayor relieve de este siglo.

Desde la conquista de la América (tendenciosamente definida "descubrimiento"), los pueblos que la habitaban perdieron su independencia, la cual luego fue también substraída al Asia y al África, desde la instauración del sistema colonial iniciado en los primeros años del XIX siglo y completado entre el final del mismo siglo y los principios del siglo XX. Finalmente, los tres grandes continentes se encontraron sometidos a las grandes potencias: sea bajo la forma de colonia, con un dominio político, militar y económico que anulaba cada huella nacional (los franceses y los portugueses, por ejemplo, consideraban sus colonias como "provincias del otro lado del mar"), sea bajo la forma de semicolonia, o sea propiedades a las cuales se les reconocía el derecho a tener un soberano propio (rey, sultano, etc.), pero que, en base a precisos tratados internacionales, dependían en todo sentido de la potencia imperialista. La China, el Irán, el Afganistán, el Egipto, fueron por mucho tiempo ejemplos típicos de semicolonialismo de este tipo.

Ya desde el 1917, la Revolución de Octubre en Rusia abre nuevos horizontes a los pueblos colonizados y quiebra los fundamentos del orden colonial. Los famosos llamamientos de los días de octubre sobre el derecho a la autodeterminación de los pueblos y, el aún más famoso decreto sobre la paz contra las anexiones, inmediatamente encuentran eco en China, en Indochina y en el Medio Oriente.

En fin, las semillas de la cuestión nacional que germinarán después de la Segunda Guerra Mundial, fueron sembradas en aquéllos años.

Entre las dos guerras mundiales todo será un florecer de partidos, de movimientos, de ideas, de iniciativas y de colisiones; se asiste, en modo convulso, contradictorio y profundamente diversificado, a un verdadero y propio renacimiento nacional de los pueblos oprimidos. La historia (en gran parte ignorada) de estos pueblos entre las dos guerras mundiales está llena de luchas, insurrecciones, revueltas, represiones, y tantas veces guerras de liberación domadas con la sangre, que hacen comprender mejor las dimensiones asumidas por los movimientos de liberación nacional después de la Segunda Guerra.

El primer país que proclama su independencia en los mismos días del final de la guerra, con la "Revolución de agosto" del 1945, es la Indonesia. Los colonizadores holandeses están lejos y extenuados por la guerra, por lo tanto no están en condiciones de reocupar, como hubieran deseado, el archipiélago. Mientras tanto, los Estados Unidos están reprimiendo el Ejército Popular de Liberación Filipino, y los ingleses aquél malasio. Por su parte, los franceses reintervienen en Vietnam. Aquí, el Frente de Liberación Vietnamita expulsó de todo el país a los japoneses y el 2 de setiembre de 1945 Ho Chi Minh proclamó la independencia del Vietnam y el advenimiento de la República Socialista del Vietnam, pero el 22 de setiembre los franceses y los ingleses intervienen militarmente y lo reocupan: así comienza la primera y larga guerra de liberación vietnamita que se concluyerá en el 1954, señando un cambio decisivo en el desarrollo de los movimientos de liberación nacional.

En tanto, viene madurando la "cuestión hindú". Contrariamente a un lugar común tanto difundido, la India no llegó a la independencia pacíficamente. Ya durante el curso de la guerra, el gobierno británico había procedido a rígidas represiones del movimiento nacional, a pesar de que este último se había resueltamente declarado contra el nazifascismo. El 9 de agosto del 1942, el Partido del Congreso de Gandhi y de Nehru había sido declarado ilegal, y sus dirigentes y militantes fueron arrestados (60.000 arrestos, casi 1.000 muertos y 2.000 heridos). Durante dos años se continuará a luchar por medio de huelgas e insurrecciones (famosa aquélla de los marineros hindúes de Bombay), y de parte de los ingleses se continuará a tramar intrigas y a crear profundas divisiones etnicoreligiosas, enfrentando a los hindúes contra los musulmanes, para impedir que se lograra la independencia. Son dos años tumultuosos, en los cuales los conflictos religiosos, convertidos en poco tiempo en una verdadera y propia guerra civil, favorecen la permanencia de la influencia inglesa en la vida hindú, pero también hacen precipitar la entera región en el caos y en la ingobernabilidad. Sólo entonces, Londres decide de "conceder" la independencia, partiendo en dos naciones la ex-colonia, según la base religiosa: el Pakistán de base musulmana y la Unión Hindú de base hindú. Millones y millones de hombres, mujeres y niños serán transferidos de una región a otra, y en este alboroto van buscadas las causas de la sucesiva crisis pakistana y de la guerra de separación del Bangla Desh. En realidad, la India llega a la independencia el 15 de agosto de 1947, en el escenario de una verdadera tragedia.

Mientras nacía la Unión Hindú, la independencia indonesiana había sido enteramente cuestionada. Ya inmediatamente después de la iniciativa de Sukarno en el agosto de 1945, los ingleses habían intervenido a pedido de los holandeses, obligando a los nacionalistas indonesianos a un fatigoso y difícil negociado. Pero el 21 de setiembre de 1947 el ejército holandés reocupa la Indonesia en la tentativa de abatir la joven república. Demostrando cuánto había cambiado el mundo, la opinión pública mundial reaccionó con particular indignación a esta empresa colonial, y los holandeses fueron obligados a su vez a tratar con Sukarno. Engañosamente, ya que el 19 de diciembre de 1948, después de un bombardeo de Giacarta, un comando de paracaidistas holandeses hizo prisionero al líder indonesiano y lo deportó en una localidad desconocida. Esta maniobra produjo un efecto contrario al esperado: todo el pueblo indonesiano se sublevó, la guerrilla creció a pasos agigantados, se extendieron las huelgas. En dos años los holandeses fueron obligados a dejar, derrotados, la Indonesia, la cual reconquistó enteramente su soberanía en el diciembre de 1949.

En Medio Oriente, durante aquéllos años, la única novedad importante (pero ya densa de graves consecuencias), fue el nacimiento del Estado de Israel, que inmediatamente provocaba la primera de las cuatro guerras árabe-israelianas que estallaron a lo largo de veinte años. Políticamente, el problema había surgido el 2 de noviembre de 1917, cuando el gobierno inglés se había comprometido, con una declaración de Arthur James Balfour, en favorecer la instauración de un "fogonazo nacional" del pueblo hebreo en Palestina. Desde el 1920 en adelante, la Inglaterra reconoció la Palestina como poder, pero el país fue conmovido por graves enfrentamientos árabe-hebraicos en el 1921, en el 1929, en el 1933 y en el 1936, hasta que en el 1939 los ingleses presentaron un plan que preveía un Estado palestino con participación árabe y hebrea. Pero después de la Segunda Guerra, el Congreso sionista pidió un Estado hebreo, y el 14 de mayo de 1948 viene proclamado el Estado de Israel, que inmediatamente se enfrentó con la Liga árabe.

Pero el verdadero cambio, la explosión del movimiento de liberación anticolonialista, su expansión en el mundo como un proceso incontenible, en efecto sobreviene entre el 1949 y el 1955, teniendo como ejemplos dos advenimientos de extraordinaria grandeza: el éxito victorioso de la Revolución China en el 1949, y la vistoria de los vietnamitas contra la Francia en el 1954. Cuando el 7 de mayo de 1954 la guarnición francesa de Dien Bien Phu se rindió a las tropas del general Giap, aviene un hecho histórico: por primera vez un pueblo oprimido, mal armado, vencía en el campo de batalla al ejército colonial de una gran potencia apoyada por una entera coalición de los países imperialistas. Fue el señal, éste, más preciso del final real y visible de los imperios coloniales, de su derrota. También fue muy importante la función de estímulo determinada por la lucha del pueblo coreano que llevó al nacimiento de la República Popular de Corea.

Se puede decir que las consecuencias de estas victorias fueron inmediatas. Entre el 1949 y el 1955 la derrota del colonialismo tradicional se delineó rápidamente en toda su magnitud. Es en aquéllos años que comenzaron a crecer o nacer y a funcionar los partidos nacionalistas del África. El abatimiento de la corrupta monarquía egipciana es del 1952, sigue, en el 1954, el advenimiento de un nuevo protagonista del nacionalismo árabe: el coronel Gamal Abdel Nasser. El mundo árabe se abre, así, a una nueva dinámica, más avanzada y más abierta, que desbloquea la situación de aparente tranquilidad semicolonial en la que se encontraba hasta ese momento. Siempre en el mundo árabe, en el 1954 tiene iniciola guerra de liberación argelina que señará otro momento crucial de la descolonización, mientras propio en aquellos años Tunisía y Marruecos se mueven rápidamente hacia la independencia. En el 1953 el primer ministro iraniano Mohammed Mossadeq sacude el dominio combinado de las compañías petrolíferas extranjeras y del sha Reza Pahlevi: las primeras son nacionalizadas, el segundo se ve obligado a escapar. Sólo un golpe de Estado militar hará retrasar esta tentativa del pueblo iraniano de reapropiarse de las propias riquezas nacionales.

El imperialismo había comprendido que no habría podido más detener la descolonialización y que, es más, obstaculándola habría radicalizado las implicaciones revolucionarias. Desde el 1955 hasta el 1960, se tuvo en África una verdadera lluvia de independencia, y en la década 1955-65 todo el continente africano se convierte en independiente, excepto por las colonias portuguesas (Angola, Mozambico, Guinea Bissau), por el África del Sud y la Rhodesia, gobernadas por minorías racistas blancas, además de algún otro pequeño territorio colonial.

Algunas conquistadas (como aquéllas del Ghana, de la Guinea, del Kenya), otras concedidas (gracias a un contexto mundial que hacía imposible el perpetuarse de las viejas formas coloniales), y en consecuencia negociadas con interlocutores indígenas.

En la América Central fue constituída, en el 1958, la Federación de las Indias Occidentales, en la cual confluyeron las ex-colonias británicas: la isla de Barbados, las islas Sottovento y Sopravvento (a excepción de las islas Vírgenes), las islas de Trinidad, Tobago y Jamaica.

El 1º de enero de 1959, en Cuba vence la Revolución guiada por Fidel, Che Guevara, Camilo Cienfuegos y, significativamente, la isla vendrá definida "el primer territorio libre de América".

Los años ´60 señalan el fin formal del viejo orden colonial. La independencia política es conquistada (o concedida) y sanciona el nacimiento de los nuevos Estados nacionales. En fin, se cierra una fase histórica. Pero lamentablemente, la conquista de la independencia no agota el trabajo de aquellos pueblos que deben enfrentar nuevas y más pesadas dificultades.

El imperialismo, como es noto, no ha sido sólo dominio político-militar, ha sido y es, sobre todo, una forma de dominio económico dirigido al retiro forzado (o bien, saqueo) de las materias primas, de las grandes riquezas presentes en el Tercer Mundo. El dominio político-militar, o sea, la supresión de la independencia, fue el instrumento de esa rapiña, dirigida en perjuicio de los recursos pertenecientes a los pueblos oprimidos. A este punto, alrededor del 1960, el instrumento cae en desuso y, es más, arriesga de producir cambios redicales también en el sector económico. Por este motivo el imperialismo acepta la realidad y se adecua, buscando de dominarla en modo de preservar los propios privilegios económicos. Así se delínea una doble tendencia. En primer lugar: concediendo una independencia negociada a grupos dirigentes que no se opongan a los intereses económicos del imperialismo; en segundo lugar: truncar cada desarrollo revolucionario real que contraste con aquéllos intereses.

La evolución de los acontecimientos es contundente. Las experiencias china y vietnamita, naturalmente, pero también otras experiencias de los jóvenes Estados independientes, aunque si desarrollados sobre bases puramente nacionalistas, comienzan a poner en discusión las relaciones económicas con aquellos países del Occidente que utilizan los recursos del Tercer Mundo. Desde Nasser a Sukarno, el nacionalismo comienza a desarrollarse también en sentido económico y social. Y, además, en América Latina un nuevo hecho remueve una situación fundada sobre la doble regla de la independencia política y del dominio económico: la Revolución Cubana que victoriosamente rompe el poder estadounidense sobre la isla.

Para simplificar se puede decir que, conclusa la lucha por la independencia nacional y la conquista de la soberanía política, comienza aquélla por la independencia económica, o sea, para liberarse de la tenaza del atraso y del subdesarrollo. Y, a este punto, los movimientos de liberación se encuentran en el "neocolonialismo".

EL NEO-COLONIALISMO

Los países ex-coloniales habitalmente se encuentran en condiciones de extrema miseria. Economías fragilísimas, en general sin industrias y con agriculturas desviadas. El Senegal, por ejemplo, fue transformado en un inmenso campo de maníes destinado a la fabricación del aceite, pero debe importar productos agrícolos alimentarios. El Ghana produce cacao para todo el mundo, pero sus habitantes están desnutridos. A la precariedad económica se agrega el analfabetismo, y a éstos, el hambre y la desnutrición, con las consecuentes enfermedades endémicas y un elevado índice de mortandad. Sin embargo, esta difusa pobreza no tiene razón de ser. Estos países disponen de inmensas riquezas. Los países árabes proveen gran parte del petróleo con el cual funciona la industria occidental, la Indonesia suministra el cauchú, la Angola tiene el oro y los diamantes, el Brasil el café, la Zambia el cobre, etc... Y bien, ¿por cuál motivo estas riquezas no se traducen en bienestar para los pueblos que las poseen? ¿Por qué la independencia política no se transforma en el instrumento para mejorar las condiciones de vida de los pueblos: construir escuelas y hospitales, establecer industrias, producir alimentos suficientes?

Son éstas las preguntas que comienzan a formularse los pueblos, algunos años después de haber conquistado la independencia. La experiencia que se delínea entre el 1960 y el 1970 es la siguiente: no sólo la liberación del colonialismo no ha mejorado el tenor de vida de los pueblos hasta ayer oprimidos, sino que, en general, los países ex-coloniales se convirtieron en más pobres, mientras aquéllos ricos se convirtieron en más ricos. La brecha entre desarrollo y subdesarrollo se alargó, las condiciones se convirtieron en más desesperadas.

El subdesarrollo tiene una motivación muy precisa y una lógica fácilmente individuable, se tome un ejemplo cualquiera que podría ser considerado una norma: el Ghana fue transformado por el colonialismo en una inmensa plantación de cacao, pero el cacao no sirve a los ghaneses y por lo tanto debe ser vendido en el mercado internacional. Los precios del cacao son fijados por las Bolsas de Londres, París, Nueva York, según la demanda del mercado y, cualquiera sea ésa, el Ghana "está obligado" a vender ese cacao que no le sirve para nutrir a sus habitantes. La economía ghanesa está así en manos de otras fuerzas que responden a otros intereses.Y éste es el primer aspecto del problema; otro aspecto es el siguiente: el Ghana no tiene industrias para transformar el cacao en chocolate, el cacao viene exportado, elaborado en otro lugar, y cuando un ghanés quiere comprar una barrita de chocolate debe importarla pagándola, naturalmente, en moneda extranjera y al precio impuesto por la industria que produce ese artículo. El ejemplo demuestra, en su peculiaridad, el mecanismo que genera el subdesarrollo y hace sí que el Tercer Mundo sea defraudado: los países propietarios de inmensas riquezas (las materias primas) están obligados a venderlas a precios irrisorios, impuestos desde el externo; pero si deben comprar un producto industrial, un automóvil, un vestido, etc., deben pagarlo a precios exorbitantes, o están obligados a adquirir productos vencidos, cuando no propio de descarte. De manera que los países ex-coloniales no logran jamás reunir los capitales necesarios para despegar económicamente, para sentar las bases de una industria propia, construir escuelas, hospitales y servicios sociales. Es un círculo vicioso y sofocante.

Los movimientos nacionales de liberación llegan a la independencia sobre la base de una lucha unitaria, nacional. Pero todas las fuerzas que participan no tienen los mismos intereses. También en estos países existe una divergencia entre clases sociales y las decisiones pueden ser diversas. Dependiendo de la clase social que detenta el poder se decidirá si nacionalizar o no las riquezas nacionales, si romper o no con la monoagricultura, si realizar o no aquellas reformas agrarias que quiebran el vínculo entre monoagricultura y propietarios feudales locales. De hecho, existen en Asia, en África, en América Latina, las burguesías locales que se introducen en la relación neocolonial y formando parte de ella recavan privilegios, convirtiéndose a la vez en explotadores de la mayoría de su propio pueblo. Y sobre esta base se transforman en sostenedores y defensores del mecanismo neocolonial.

Después de la conquista de la independencia política, en fin, se abre una segunda fase de lucha en la cual, esta vez, no hay sólo enemigos externos, sino también enemigos internos. "La cuestión nacional y la cuestión social" se entrelazan profundamente.

Este tipo de enfrentamiento recorre todo el período que va desde el 1960 hasta nuestros días, con momentos ejemplares de los cuales resumimos las características, en un contínuo alternarse de victorias y derrotas.

Uno de los momentos más grandes de derrota fue el de la tragedia congolés del 1960. En aquel año la Bélgica concedió la independencia a su gran colonia, confiando en el hecho que un movimiento nacional aún débil habría permitido con facilidad la continuidad de su presencia imperial en África. La independencia, en otros términos, debía ser, para usar las palabras de Amílcar Cabral (un gran africano asesinado por los colonialistas portugueses), "una bandera, un Parlamento ficticio, una guardia presidencial y nada más". Sucede, en vez, que el Congo encuentra en Patrice Lumumba un líder muy aguerrido y atento a los contenidos reales de la independencia, o sea, atento a la recuperación de las riquezas nacionales que se encuentran en manos extranjeras. Fueron entonces promovidos movimientos separatistas, Lumumba viene asesinado y se instauró la dictadura militar del general Mobutu que permitió a los extranjeros, en particular a los belgas, de continuar indisturbados la explotación de los recursos congoleses. Una vicisitud análoga, pero de proporciones sangrientas mucho más dramáticas, sucede en Indonesia, donde el nacionalismo de Sukarno estaba llevando a cabo formas sociales más avanzadas como la redistribución agraria. Un golpe de Estado y una terrible masacre (se estima que hayan sido asesinadas alrededor de medio millón de personas, pero algunas fuentes hablan de un millón), pusieron freno, en 1965, a esta evolución, consintiendo a las grandes compañías multinacionales de continuar con su saqueo (el nuevo presidente, general Suharto, enseguida restituye las propiedades a los viejos posesores extranjeros y busca apoyos políticos y económicos en Occidente). En este sentido, no muy diversa resulta la experiencia chilena, donde las fuerzas de izquierda llegan al poder el 24 de octubre de 1970 con una victoria electoral, por lo tanto sobre la base de un clásico desarrollo democrático, su política enseguida enfrenta los problemas cruciales del subdesarrollo y de la independencia económica con la nacionalización de algunas mineras de hierro y de cobre, pero un feroz golpe de Estado dirigido por la CIA y por la multinacional norteamericana ITT lleva a una dictadura sanguinaria el 11 de setiembre de 1973 y que durará 17 años, el tiempo necesario para eliminar físicamente las vanguardias populares, destruir la cultura revolucionaria y, en consecuencia, retornar burlonamente al formalismo de la democracia burgués. El ejemplo chileno es ciertamente aquél que demuestra más claramente cómo el imperialismo se ríe de la democracia cuando sus intereses concretos son golpeados y puestos en discusión.

Todavía, el hecho más emblemático del neocolonialismo sigue siendo la intervención norteamericana en Vietnam. Aquí se vuelve a una clásica guerra colonial (el envío de un cuerpo de expedición) para impedir a una revolución nacional de inspiración socialista de llegar a cumplirse, demostrando a los pueblos cómo los problemas del subdesarrollo puedan ser resueltos en el estrecho vínculo entre cuestión nacional y cuestión social. En realidad, los Estados Unidos advierten concientemente las novedades de la situación abierta en los tres continenetes ex-colonizados, todos ya en fermentación. De hecho, el neocolonialismo puede frenar los movimientos de emancipación, pero no puede resolver la contradicción de fondo en la que viven los pueblos: independencia más subdesarrollo. Y los pueblos están tomando conciencia.. En aquellos años la Revolución Cubana se transformó en revolución socialista. La Argelia conquistó su independencia en el 1962 (el Frente de Liberación Nacional había comenzado a combatir en el 1954) y procedió a la nacionalización de sus riquezas minerales en el 1966. El nasserismo egipciano avanza en el camino de la independencia económica con la "Carta nacional de los principios socialistas" de Nasser, del 1962. En Siria y en Irak fueron abatidos los regímenes neocolonialistas y se intentan nuevas vías (reforma agraria en Siria en el 1958, nacionalizaciones en el 1963 y en el 1965; nacionalización de los Bancos en Iral en el 1964). En las colonias portuguesas arde una guerra popular y los movimientos de liberación a la cabeza (Frente Popular de Liberación de Angola, Frente de Liberación de Mozambico) no esconden sus intenciones de abandonar, al momento de la independencia, el camino neocolonial de tantos otros regímenes africanos. A este punto el Vietnam se convierte, para el imperialismo, en un banco de prueba decisivo, un ejemplo que se debe dar para hacer entender que si bien fue tolerado el fin de los imperios coloniales, no ocurrirá lo mismo con la lucha contra el orden neocolonial.

Pero es justamente este significado dado a la guerra en Vietnam que se vuelve en contra del neocolonialismo. Los vietnamitas vencen su segunda guerra de liberación y la vencen contra la más grande y rica potencia imperialista, los Estados Unidos, los cuales se retiran derrotados en el plano militar pero dejan, lamentablemente, un país devastado, al que no será jamás reconocida alguna indemnización de guerra, imposibilitado así, a pesar de los tremendos esfuerzos, de salir de aquella feroz destrucción, y este tremendo peso se repercutirá sucesivamente en modo determinante. Sin embargo, como en el 1954, la victoria del Vietnam da un nuevo impulso al enfrentamiento en acto para romper las formas de dominio neocolonial: el África efectúa un nuevo paso en adelante con la independencia de la Angola, del Mozambico, de la Guinea Bissau. Il Laos y la Camboya veen la instauración de nuevos regímenes más radicales en el terreno económico y social. Pero sobre todo se produce la primera grande ruptura del orden neocolonial: en el 1973 los países productores de petróleo deciden de ser ellos mismos a fijar los precios del precioso producto, sobre la base de sus propios intereses y no del de aquellos países importadores.

También en el continente Latinoamericano se suceden las revueltas: en Méjico, en Panamá, en la República Dominicana, en Bolivia, Colombia, Venezuela; florecen los Movimientos de Liberación Nacional en muchos países de todo el continente, entre los cuales sobresalen los Tupamaros en Uruguay, el Farabundo Martí de Liberación Nacional en El Salvador, y otros como en Guatemala y en Perú; en el ´79 el Frente Sandinista toma el poder en Nicaragua y desde ese momento el pueblo nicaragüense debe soportar todo tipo de sabotaje económico, provocaciones bélicas y ataques mercenarios financiados y guiados directamente por los Estados Unidos; así, después de diez años de esperanzas, también el sueño nicaragüense se esfuma.

Una a una, todas las esperanzas que alzaron "los condenados de la Tierra", que los habían visto heroicos protagonistas de su rescate, se apagan. Ya que en una guerra no vence quien tiene la razón sino quien tiene la fuerza; el extrapoder militar, tecnológico y económico de los países imperialistas logró, una vez más, martirizar la mayor parte de la humanidad y humillar las masas de ciudadanos de sus propios países, designándoles el rol de serviles consumidores, despojados de cualquier mínima noción de las infamias de las cuales son inconcientes sostenedores, olvidando que en aquellos años de gran esperanza y dignidad para el mundo entero, millones de trabajadores y estudiantes, en grandes manifestaciones políticas y de solidaridad, en Francia, en Italia, en Bélgica y en los Estados Unidos, idealmente unidos en el deseo de liberación de los oprimidos, demostraron que también en el vientre del imperio es posible un despertar.

Pero las condiciones que generaron las revueltas de los pueblos orpimidos no desaparecieron, y no es posible sofocar los ideales de libertad y dignidad. La resistencia de Cuba, a 90 millas del coloso norteamericano que trata por todos los medios de estrangularla, lo demuestra a todos concretamente. Sigue siendo un faro de esperanza para todos los oprimidos del mundo y una nueva posibilidad de rescate de las masas de los países capitalistas que decidan dejar de recitar el rol de irresponsables útiles a falsas democracias. El mínimo deber que nos corresponde es el de retomar la iniciativa a través de la solidaridad, bajo la óptica más genuina y popular, no viéndola a través de los anteojos deformantes de la burguesía que, necesariamente, la manipula y la transforma en un nuevo instrumento generador de ganancias y de división de los pueblos.

LA SOLIDARIDAD HOY

Hasta hace poco tiempo la solidaridad tenía un significado unívoco, aunque cuando se expresaba en formas diversas. La solidaridad venía entendida e interpretada en un único modo. Algunos decían que era la "ternura entre los pueblos" y ciertamente, en su máxima expresión, es una forma extraordinaria de fraternidad entre los pueblos.

Desde un punto de vista político, retornando al estricto significado original, ésta era practicada en un ambiente de identificación política con un proyecto de la izquierda, pero, sin ninguna duda, hoy se pueden observar nuevas y distintas interpretaciones.

El término solidaridad se usa indiscriminadamente, y a través suyo, muchas veces, se esconden objetivos muy distantes de aquéllo que el término realmente significa. Hoy la solidaridad se utiliza como argumento presuntuoso por parte de los Estados opresores: campañas publicitarias de las empresas comerciales esconden detrás de esta palabra el aumento de sus propias ventas, verdaderas invasiones militares son justificadas con la intención de la solidaridad... y, poco a poco, se transformó y disfrazó el sentido de aquéllo que significa "ser solidario" o, por lo menos, parece que existan ahora muchas formas para exprimir y practicar la solidaridad hacia otros pueblos.

Si hay algo que identifica al imperialismo en sus técnicas de infiltración, es precisamente el uso tendencioso del léxico, o sea el modo desenvuelto de utilizar aquellos conceptos que en realidad intenta oprimir, alterando y ensuciando el significado más profundo, proponiéndolos como compromisos de principio de su propia ideología. Por nuestra parte, no siempre hacemos los esfuezos necesarios para definirnos y expresarnos clara e inequivocablemente... no siempre nos sentimos seguros de las bases de nuestras convicciones y de nuestro compromiso social y político. Esto nos lleva, en muchos casos, a luchar superficialmente, sin conocer a fondo la realidad, la intensidad de la batalla, y de cómo la podemos vencer. En estas condiciones es mucho más probable ser derrotados.

Esto no quiere decir que tenemos que colocarnos en posiciones intransigentes, considerando que hoy es necesario el compromiso y la unidad entre los que están honestamente empeñados en el ámbito solidario, pero es sobre todo necesaria la claridad, y devolver a la palabra "solidaridad"su real significado: el ser solidario dividiendo con los demás las ideas, los propósitos, las responsabilidades.

Una persona, una organización, es realmente solidaria, en el verdadero sentido de la palabra, si voluntariamente se siente ligado a otros por una comunión de ideas, de propósitos y de responsabilidades, asumiendo su causa como propia. De esto nace el gran potencial de los actos de solidaridad: no sólo es útil al pueblo que la recibe, pero también quien la practica se alza rompiendo las fronteras materiales y sub-culturales impuestas a los pueblos durante siglos de sub-cultura determinada por sociedades basadas en el privilegio y en la lucha competitiva, que transforman en comportamiento "civil" la lucha animal por la sobrevivencia, mientras solamente la solidaridad y la colaboración son los presupuestos inalienables para un futuro digno alcanzable por todos.

El empeño solidario tiene dos aspectos fundamentales: uno de orden moral y político, y otro de orden material. Hasta hace pocos años el primero de estos aspectos era el más significativo, llegando a asumir aspectos heroicos, como cuando los internacionalistas defendieron con la propia vida el deseo de libertad de otros pueblos en varias partes del mundo. Hablar de solidaridad era, sobre todo, contribuir en la construcción de la historia de otros pueblos. Naturalmente no venía excluído el otro aspecto, la ayuda material, complemento necesario del compromiso asumido.

Por todo lo dicho aparece la indeterminación y la dificultad de comprender éso que efectivamente se quiere decir hoy cuando se hace referencia en modo simple a la solidaridad. Ésta no es más, ni siquiera, patrimonio exclusivo de las organizaciones populares. Hoy aparecen otros sujetos, otros instrumentos, otras prácticas y otros contenidos que extienden el contexto en el cual, con frecuencia, se usa y abusa del término. El empeño solidario de las ayudas, además de sobrepasar el aspecto político, viene utilizado cada vez más frecuentemente como mecanismo de legitimación de intervenciones interesadas. De este modo se va destruyendo el contenido real de la solidaridad, concibiéndola sólo en su acepción económica, envileciendo así su significado más grande y elemental: hacer solidaridad ya no significa comprometerse con una causa, ni con una realidad diversa que pueda confrontarse con la propia. En definitiva, se destruye la madurez y el potencial revolucionario contenido en ella y adquirido por el pueblo que la ejercita; en definitiva, se retorna a los no-valores de la sub-cultura dominante que pone en antagonismo los pueblos.

Con los nuevos conceptos de solidaridad las luchas por la justicia, por la igualdad, por mejores condiciones de vida, la reinvindicación de una realidad diversa, se disuelven achatando y homogeneizando todas las situaciones. Bajo este nuevo aspecto hoy se presenta como único objetivo de la solidaridad la intención de suplir a las carencias alimentarias. En este sentido resulta indiferente solidarizar con Haití, con Somalia, con Rusia... o con Cuba; no se consideran las distintas realidades, sino sólo los aspectos más evidentes (no importan las causas, y ni siquiera si somos directa o indirectamente los responsables). El único compromiso consistiría en enviar cosas "para que los niños no sufran el hambre" o "para contener las epidemias". Dedicarse exclusivamente a este tipo de acción, aunque si loable (y muy frecuentemente instrumental), está muy lejos de lo que realmente implica la solidaridad.

Los cambios de contenido están disminuyendo y envileciendo la práctica de la solidaridad de modo que, con estos nuevos conceptos, la "solidaridad" la ejercita, no quien desea hacerlo o quien se identifica con los objetivos del destinatario, sino quien tiene el poder económico para poder hacerlo. Desde este punto de vista el balance aparece claro: a mayor capacidad económica corresponde una mayor "solidaridad".

Poniendo en práctica este modelo, los organismos internacionales, los gobiernos y las grandes instituciones financiarias eligen los países con los cuales se ejercitará la "solidaridad" y viene requerido a los "técnicos especializados" traducir en la práctica la ayuda destinada. Invirtiendo el sentido de la solidaridad, se llega al punto de exigir algunas condiciones especiales para poder ser el destinatario de las ayudas económicas. Estas formas de intervención pone a los pueblos destinatarios en el campo de la competición para la conquista de la "solidaridad". ¡Es fácil adivinar que los países que demuestren un comportamiento de mayor atención y adecuación a las condiciones fijadas por los donantes, recibirán mayores ayudas!.

Por lo tanto, los términos de la solidaridad están invertidos, hoy los que obtienen mayor solidaridad son aquéllos que asumen como propios los valores de los donantes. Es evidente que el ejercicio de este tipo de solidaridad "sin ideología, apolítica, neutra", no es otra cosa que la práctica interesada de una política al servicio del gran capital y que está permitiendo a los gobiernos y a las organizaciones más potentes de determinar acciones e intervenciones económicas, ideológicas y, siempre con mayor frecuencia, militares. La necesidad de ayuda para enfrentar las situaciones de emergencia es, en estas condiciones, la justificación idónea para legitimar las intervenciones con cualquier medio y, como cada vez sucede más frecuentemente, bombardeos y masacres de masa vienen justificados con pretextos humanitarios.

Es una praxis corriente que prácticas comerciales vengan actuadas con la cobertura de propósitos o de ayudas humanitarias. Así, con la protección de las instituciones "humanitarias" se efectúan, en muchas ocasiones, excelentes negocios, "donando" a los países del Tercer Mundo excedentes agrícolos, industriales y productos tecnológicos ya desvalorizados en los países desarrollados. Los bienes que no encuentran mercado, son destruídos o destinados a la "solidaridad".

De cuanto hemos expuesto hasta ahora, resulta claro que una intervención de "solidaridad" de tipo exclusivamente económico puede ser llevada a cabo sin dificultad también por parte de aquellas fuerzas que se ponen en actitudes críticas, o de desaprobación, o que son claramente reaccionarias, las cuales, disponiendo de mayores medios para destinar a las ayudas, terminan por convertirse en los primeros protagonistas de un cartel unitario de solidaridad, imponiendo obviamente las propias condiciones y provocando, a veces, la situación en la cual los sectores más directamente comprometidos con la causa solidaria se encuentren excluídos o emarginados por su limitada capacidad económica y de implicación culturalmente conciente o, si no políticamente atentos, inducidos a aceptar condiciones mortificantes.

Cuba no se encuentra afuera de este proceso, es más, en este momento es el blanco de atención prioritario. Los primeros pasos de intención actuados por la Comunidad Europea para levantar el bloqueo, se tradujeron en la práctica con el envío de ayudas humanitarias para subsanar los daños provocados por el tifón más grande del siglo que golpeó la isla en el año ´93, y la neuritis óptica aparecida en concomitancia. Estas ayudas materiales no son extrañas a la práctica de intervenciones políticas y económicas en el panorama del nuevo orden que no desdeñará de utilizarlas en un segundo momento como arma de extorsión.

El 16 de setiembre del ´93, el Parlamento Europeo aprobó una resolución contra el bloqueo a Cuba y contra el recrudecimiento del mismo producido por la "Ley Torricelli". En su intervención, durante el debate, el comisario Pedraig Flynn se refirió a la preparación de un programa de acción inmediata contra Cuba para "apoyar la población cubana a través de las organizaciones no gubernativas y producir informaciones y cursos para familiarizar a la población con el funcionamiento de la economía de mercado". ¡No se puede ser más explícitos!

La manipulación de la solidaridad llegó a transformarse cada vez más en una práctica de intervenciones y de ingerencias, la solidaridad así entendida se convirtió en un instrumento de opresión. Intervenciones militares, embargos económicos y comerciales, bloqueos o la política de cooperación (control por medio de ayudas y programas de cooperación), poco a poco se están convirtiendo en los nuevos medios de ejercitar la solidaridad o de conceder ayudas humanitarias a países necesitados. Una de estas formas de asistencia merece una atención especial por su sutileza y consecuente apariencia inofensiva: las ayudas humanitarias de emergencia.

Aparentemente inatacables, ejemplo de la "buena voluntad" de un Estado, estas ayudas presentan en no pocas ocasiones serios inconvenientes para quien las recibe: en primer lugar ninguno consulta previamente al Estado recibidor el cual se ve, por necesidad, obligado a aceptar lo que le llega. A ésto se agrega la falta de una seria programación y de controles reales en el país donador, quedan abiertas las vías para cualquier manipulación. Bien sabemos cómo en muchas ocasiones fueron enviados excedentes o productos averiados, de los cuales a veces no se tenía ni siquiera necesidad, pero eran presentados públicamente como la panacea para resolver aquella situación de emergencia, adquiriendo de esta manera la aprobación de la propia población, y la amarga complicidad del país destinatario al cual le corresponde sólo el rol de mendigo con la mano extendida para aceptar cualquier cosa, demostrando reconocimiento y devoción.

Vale la pena señalar un ejemplo de la política de intromisión del occidente en este "Nuevo Orden Mundial". En el julio del ´91, durante el Convenio Iberoamericano de Guadalajara, fue rechazado por parte de las demás delegaciones un ítem solicitado por Cuba para ser incluído en la declaración final. Calificado como el ítem de la discordia, éste decía: "reconocer el derecho soberano de cada pueblo a construir, en la paz y en la estabilidad, el sistema político y social según la propia voluntad, los propios valores y sentimientos". Semejante propósito elemental figuraba como principio inalienable en la Declaración de la ONU sobre el Nuevo Orden Económico Internacional.

Para completar el cuadro de todas las acciones emprendidas para imponer los nuevos (no)valores, es necesario colocar en el punto justo el rol desarrollado por los órganos de información (léase manipulación) de masa, tendientes a apoyar incondicionalmente cada intervención, usando la más escuálida y evidente demagogia, sacrificando los hechos por la evaluaciones y, si éstas resultan netamente en contraposición con los primeros: tanto peor para los hechos.

Concretamente, la imagen que con rigurosa precisión los medios de comunicación de masa de los países occidentales ofrecen de Cuba (ofendiendo la dignidad de quien padece semejantes manipulaciones), es la de un país desolado por las necesidades causadas por un sistema social opresor. Según estas evaluaciones, las carencias de la isla son el resultado lógico e inevitable de su modelo político y económico y, esta imagen, repetida hasta la saturación, se convierte en "realidad". Cuando no, también la intención denigratoria es voluntariamente parte de un proyecto claro, o bien, en el mejor de los casos, contiene siempre una idea egocéntrica común: "es necesario ayudar al pueblo cubano porque tiene muchas necesidades causadas por sus gobernantes que rechazan nuestra democracia y nuestro modelo económico".

Generalmente, los destinatarios de tales (des)informaciones no tienen algún instrumento que les permita contrastarlas, no poseen elementos que les permita poner en duda la única versión que les llega desde los distintos, pero iguales en las intenciones, medios de comunicación de masa. No existe una versión diversa de la "realidad".

La información sobre eventuales "ayudas" no se detiene en las mismas, pero es completada con la evaluación del error del modelo económico y de la falta de democracia. Se presentan las evaluaciones ya preconfeccionadas, con tal de evitar que alguno, por voluntad propia, pueda llegar a propias conclusiones. Sin embargo, es claro que de este modo se intenta lograr dos objetivos: condicionar las ayudas al país necesitado a su capacidad de recepción del mensaje político y, a la vez, meter miedo a los ciudadanos del país donante con respecto a cualquier hipótesis de cambio del modelo existente.

EL "NUEVO ORDEN MUNDIAL"

El nuevo modo de entender la solidaridad creció notablemente desde la caída de los países del Este europeo y de la misma Unión Soviética. La ruptura del equilibrio entre los dos bloques permitió que se llegara a esta situación. Se pasó de una bipolarización a una monopolarización que está generando un desequilibrio mayor, denominado a viva voz por los EEUU como Nuevo Orden Mundial.

En el 1979, en la Asamblea General de las Naciones Unidas, se aprovaba la Declaración de la necesidad de un Nuevo Orden Internacional, que comprendía en su interno un Nuevo Orden Económico Internacional para resolver la situación de profunda diferencia económico-social y los problemas de desarrollo de los pueblos, existente entre los llamados Países del Norte y del Sud. En aquella Declaración, la ONU se proponía garantizar un desarrollo económico y social en la paz y en la justicia, basado en el pleno respeto de la igualdad y de la soberanía de los varios países, la libre determinación de todos los pueblos, la inadmisibilidad de las intervenciones armadas (primer motivo, hoy pisoteado, por el cual había sido creada la Organización de las Naciones Unidas), la integridad territorial, y la no ingerencia en los asuntos internos de otros países. La Declaración reconocía, además, el derecho de cada país a adoptar el sistema económico y social que retuviera más oportuno para el propio desarrollo, sin tener que sufrir por ésto consecuencias y discriminaciones. No está de más recordar que en aquellos años el bloqueo a los países socialistas y a muchos países del Tercer Mundo (desde hacía poco tiempo liberados del colonialismo occidental), pesaba cada vez más en las decisiones ONU.

El Nuevo Orden Mundial que hoy los EEUU están imponiendo al mundo entero, se diferencia de las intenciones ONU prácticamente en todos los ítems y en forma radical. Los aspectos en los cuales la discrepancia resulta más evidente, convirtiéndose hasta en nauseabunda, son: la práctica abierta e insolente de la ingerencia en los asuntos internos de los otros países, y el uso cada vez más macizo de la extrapotencia militar (único incontrastable primado que le quedó a los EEUU después de la pérdida de aquéllos económicos y productivos que le fueron arrebatados por la Alemania y el Japón). El actual "Orden Mundial" se caracteriza por la creciente destrucción de los derechos más elementales de los pueblos a través del uso demagógico de la ONU ya totalmente entregada a la vergüenza más grande del siglo: haber sido creada para evitar las guerras, y terminar reducida en dócil instrumento bélico de la violencia imperialista, con los EEUU a la cabeza, para la opresión y represión de los pueblos que no quieren seguir aceptando una vida de pesadilla, víctimas del "libre mercado", perverso mecanismo económico que enriquece cada vez más a los ricos mientras los pobres son cada vez más pobres.

Desde la invasión de la isla de Grenada en el 1983, las intervenciones dirigidas por los EEUU se convierten en una práctica cada vez más constante. La nueva situación internacional permite la intervención militar y económica en cualquier país, adecuando su estructura política y, sobre todo, económica según los intereses de quien ejerce la acción "humanitaria". Basta pensar en la invasión de Panamá en diciembre del ´89, cuyo resultado más revelador (además de los 6.000 civiles asesinados) fue la imposición de un gobierno títere (cuyo presidente, durante la ceremonia de investidura, prestó juramento en inglés en el comando de las fuerzas de ocupación EEUU), que garantizara al ejército estadounidense el control del Canal por tiempo indefinido. Así, serviles al nuevo orden, los gobiernos occidentales (para entendernos, aquéllos definidos libres y democráticos) apoyaron cualquier división de los países ex-socialistas, fomentando el nacimiento de Estados minúsculos que fueran, de esta manera, incapaces de representar un peligro para la hegemonía de este nuevo orden.

La invasión de la Somalia en el 1993, justificada por las motivaciones "humanitarias" para garantizar la entrega directa de las donaciones a la población civil, en realidad sirve para controlar el punto más estratégico del "cuerno del África" y, por este motivo, ayer se sostenía al gobierno del dictador Siad Barre y hoy, con la intervención armada "de paz", se masacraron más de 10.000 habitantes. Haití, Angola o Corea del Norte pueden ser los próximos objetivos de invasión del imperialismo.

Para ser más precisos, presentamos un elenco publicado tiempo atrás por el semanal "Avvenimenti", de la presencia militar italiana en el mundo: Malta, Ex-Yugoslavia, Albanía, Chipre, Líbano, Tunisía, Marruecos, Egipto, Ghana, Zaire, Namibia, Mozambico, Somalia, Golfo Pérsico, Pakistán, Camboya, Laos, así como en Gran Bretaña y EEUU para adiestramiento. Cualquier comentario es superfluo.

Junto a la extensión de las ingerencias, se fueron desarrollando las argumentaciones necesarias para legitimar las intervenciones: necesidad del respeto de los derechos humanos, privilegiando, no casualmente, aquéllos individuales con respecto a aquéllos de carácter colectivo y económico (se debe recordar que algunos derechos humanos colectivos contenidos en la Declaración de los Derechos del Hombre, no fueron jamás ratificados por los EEUU); el pedido de "democratización política y económica", o sea la democracia de mercado, alias libertad a los lobos de las finanzas y de la producción, en nombre del lucro y a costas de los pueblos.

LA NECESIDAD DEL CONOCIMIENTO

Es verdad que el hombre (entendido como especie) es el constructor del propio futuro; es asímismo verdad que los aspectos económicos y de clase son determinantes pero fuertemente influenciados por la cultura, y según su nivel el hombre se convierte en constructor activo de la propia liberación y del propio futuro cuando adquiere conciencia de su rol; de no ser así, resulta el producto de la sociedad en la que vive y cada uno, en la sociedad burguesa, puede considerarse lo que quiera pero inconcientemente sufre el condicionamiento que lo domina al punto tal de hacerlo asumir como valores de libertad y democracia respectivamente, la concurrencia al lucro y la concurrencia al poder. La única posibilidad de salir de este círculo vicioso es, para el hombre, salir de la edad de la adolescencia en la que se encuentra, para entrar en la fase adulta, o sea en la edad madura de su existencia, y puede hacerlo sólo científicamente, no improvisando.

Ernesto Che Guevara retenía que: "la liberación del hombre no significa sólo realizar la justicia social, no significa sólo derrotar la ignorancia, no significa sólo suprimir la desocupación... Éste es sólo un aspecto de la liberación del hombre, pero hasta que no será derrotado el egoísmo, no habremos cumplido aún la liberación del hombre; y hasta que no habremos cumplido la liberación del hombre, no habremos realizado nuestros sueños revolucionarios... La construcción del socialismo y del comunismo no es sólo un problema de distribución de la riqueza, sino también una cuestión de educación y de conciencia... Para construir el comunismo, contemporáneamente a la base material, es necesario hacer el hombre nuevo..." La elaboración del concepto de "hombre nuevo" de Guevara, así como del de "intelectual colectivo" de Gramsci, son dos modos de definir un único pensamiento: el hombre necesita asumir nuevos y reales valores; aquéllos que le fueron impuestos durante siglos de esclavitud física y cultural no le pertenecen, son propios de aquellas clases que fundan sus priviliegios en el engaño, que quitan riquezas a la colectividad, cubiertas por la impunidad de sus propias leyes, que se crean coartadas definiendo impropiamente de "mafia" aquella parte de ellas mismas que, en sus aspectos más espectaculares, sin inútil e hipócrita demagogia, utiliza la violencia abiertamente para lograr como único objetivo final la "habitual" máxima ganancia y sus depravaciones colaterales: la riqueza y el poder personal político y económico.

En este contexto se encuentra quien, irresponsablemente, se permite de creer en la posibilidad de una colaboración "fraternal y de amistad" entre todos; creyendo en conceptos y términos seductores y mistificantes como "política a la medida del hombre", "capitalismo del rostro humano", que no son otra cosa que humo demagógico, se convierten en convencidos promotores de la inconsistencia del análisis de clase, retenida superada, y son incapaces, en vez, de comprender que es una exigencia indispensable, y la única que se propone constantemente el objetivo de hacer hincapié en la maduración, en el estímulo y en la participación de los militantes para empujar adelante el nivel de conciencia; se ponen en posiciones medias y centrales (desconociendo que, políticamente, el centro es un eufemismo de la derecha) y, a pesar de ellos mismos, movidos por una inevitable voluntad de mediación, de hecho la dirigen exclusivamente hacia quien está a su derecha, con una sectaria intransigencia hacia quien se encuentra a su izquierda, que viene catalogado de extremista.

Este es el contínuo y lineal comportamiento de aquellos dirigentes políticos (presuntos o arrepentidos comunistas) que aún viendo los devastantes resultados de su prolungada conducta egocéntrica, fundada en convicciones y aproximaciones empíricas, contaminaciones culturales funcionales al sistema burgués, en un total abandono del materialismo y la dialéctica, continúan inexorablemente, después de constataciones retórico-formales sobre la necesidad de cambio (de autocrítica son absolutamente incapaces), y autorreproponerse tales y cuales, con la firme convicción de ser el centro del universo, mientras en realidad han caído en la más profunda miseria cultural y política, satisfacen solamente propias necesidades de protagonismo en un juego irresponsable integrado perfectamente a las reglas que deberían o dicen de combatir.

Habitualmente estos aspectos se minimizan y se da por descontado que quien manifiesta solidaridad hacia los demás lo hace con plena convicción, honestidad y buen sentido, reteniendo erróneamente que, aunque cuando éso fuera verdad, pueda ser suficiente para poder expresarla positivamente, anteponiendo sobre todo el aspecto humano/emotivo extendido a la unitariedad y a través del cual, de hecho, se es inducido a aceptar la hipótesis de que atenuando o evitando de pronunciarse sobre los aspectos políticos con respecto a la solidaridad, se obtiene una mayor agregación, logrando así ampliar la solidaridad. Para evitar que se pueda pensar que hoy la solidaridad con Cuba es vasta sólo gracias al aporte de todo tipo de adhesión, conviene recordar que su carácter popular ha encontrado y encuentra su más grande sostenimiento por su significado revolucionario y no por su actual situación de necesidad material. Basta recordar la explosión de solidaridad que suscitó el triunfo de la Revolución Sandinista en Nicaragua y cómo se detuvo cuando decayó el empuje revolucionario, aunque si la penuria y las necesidades del pueblo nicaragüense han aumentado enormemente.

De todos modos, no debemos olvidar que en este momento Cuba sufre necesidades urgentes que inciden directa y gravemente sobre las condiciones de vida de su población, por lo tanto no existe una motivación que pueda detener las ayudas que permiten aliviar esta situación. En esta circunstancias es necesario buscar un equilibrio entre las motivaciones que mueven la solidaridad y las reales condiciones determinadas por el período especial. En segundo lugar, los factores que intervienen son tales que imponen la aceptación de un cierto nivel de contradicciones.

En este contexto y con este criterio debemos enfrentar nuestro trabajo, lo cual no implica que debemos ignorar o fingir de no ver que ciertas acciones envilecen la solidaridad. Es nuestro deber trabajar para reducir o eliminar las contradicciones, manteniendo la claridad y la coherencia con el proyecto revolucionario cubano y buscando, partiendo de él, el nivel más alto aceptable, político y material. Esconder lo que nos empuja no es una acción digna y, si verdaderamente estamos convencidos de que nuestro sentimiento de solidaridad va más allá de aquél humanitario, no culpemos a los demás por no comprender esta insuficiencia, todo sumado es, para ellos, una ocasión en menos, y a los cuales, de todos modos, debemos claridad.

Cuando se manifiesta solidaridad expresándola fundamentalemente por medio del aporte material, es necesario recordar el peligro de que el resto del problema, conteniente el aspecto político, no venga automáticamente asimilado, y no se difunda masivamente sin un trabajo y un empeño constante combatiendo y desenmasquerando las desinformaciones y la calumnias de las trompetas del régimen, e informando correctamente, argumentando los reales términos del problema.

En definitiva, utilizar el método científico-dialéctico del que tanto se habla sin traducirlo luego en la práctica.

Por ello es necesario ser concientes de los varios aspectos y de las variables que cada día se presentan y que necesitan un acercamiento de carácter científico y no emotivo, que sería más fácil. Para se más claros: el deber es hacer aquéllo que es necesario, no aquéllo que se querría o que nos satisfaría; viendo y analizando el problema en sus aspectos microscópicos como en aquéllos macroscópicos, entrando en lo específico de las cosas sin perder la complejidad del todo, no en modo estático sino dinámico, o bien dialéctico.

Es extremamente complejo combatir la dictadura de la simplificación, las ideas, generalmente más testarudas que los hechos, resisten a la evidencia de los datos y de las pruebas, cada certeza subjetiva viene considerada realidad objetiva, quien es víctima de la "cultura" burguesa, utiliza sus instrumentos para analizar otras culturas y otras sociedades y, al mismo tiempo, se encuentra completamente desarmado para analizar la "cultura" que lo oprime; en estas condiciones la única posibilidad de elaboración independiente es poder acceder a la cultura humanista, pero no a aquélla científica. Por este motivo el sentimiento "humanitario" está más desarrollado: parece que se basa en la "razón" y en la evidencia, pero en verdad, convencidos de ver lo real, se logra ver sólo su sombra; sobre todo no requiere grandes conocimientos (y puede, también, ser utilizado instrumentalmente).

"Hay cosas que se pueden hacer sin necesidad de aprenderlas, por ejemplo, se puede comer sin conocer las leyes de la digestión, respirar sin conocer las leyes de la respiración, pensar sin conocer las leyes y la naturaleza del pensamiento, conocer sin conocer el conocimiento. Pero, mientras la asfixia y la intoxicación se hacen sentir inmediatamente, en cuanto tales, en la respiración y en la digestión, el error y la ilusión tienen una característica: no se manifiestan justamente como error e ilusión; el error consiste simplemente en el hecho de que no parece tal".

UN ANALISIS INELUDIBLE

Cada uno considera verdadero lo que retiene tal, y considera falso lo que así cree, pero indudablemente es indispensable una correcta evaluación de la situación. Por lo tanto, es muy importante saber de qué manera analizar las temáticas a afrontar a fin de conocer la verdad concreta y relacionarse correctamente con ella, en consecuencia, es necesario poner inmediatamente un punto de partida: "la verdad es el acuerdo del pensamiento con la realidad, el criterio de verdad debe ser algo que nos permita evaluar esta relación, y ésto no puede ser otra cosa que la práctica (praxis) social".

La premisa es, sobre todo, partiendo de la realidad, recoger abundante material de información, lo cual no significa elegir algún ejemplo y adaptarlo a las propias convicciones, a la propia fantasía, sino recoger materiales completos y detallados. Retener de partir de la realidad porque se ha elegido algún ejemplo, significa adoptar un punto de vista metafísico y unilateral, y además dar la espalda al punto de partida. "En el campo de los problemas sociales no hay método más difuso e inconsistente que el de aislar hechos singulares sin importancia, especulando sobre los ejemplos. No cuesta nada elegir ejemplos, pero en compensación esta operación no tiene ningún valor, sino puramente negativo".

Pero haber a disposición una rica documentación no es más que la fase preliminar del trabajo de análisis concreta. Si se desean obtener conclusiones científicas conformes con la realidad, es necesario tener una posición y un método correctos. La posición correcta es aquélla de clase, el método es el materialismo dialéctico e histórico. Sólo considerando los problemas desde esta posición y siguiendo este método, es posible efectuar análisis correctas y sacar conclusiones correctas.

Cada fenómeno social tiene un contenido de clase; la democracia, la libertad, la paz, son la democracia, la libertad, la paz para una determinada clase; no existen más allá de las clases. Si eliminamos el contenido de clase de estas nociones, no queda otra cosa que conceptos vacíos. En realidad la democracia, la libertad, la paz de una sociedad capitalista, son la democracia, la libertad, la paz para la burguesía, pero para el proletariado y todo el pueblo trabajador son opresión y explotación. El pueblo trabajador puede tener democracia, libertad y paz sólo en un sistema socialista; pero un sistema socialista no concede ciertamente a la burguesía la libertad de negocios extendida a la máxima ganancia por medio de la inevitable explotación de los trabajadores. Así, la democracia, la libertad y la paz, tanto en el régimen capitalista como en el sistema socialista, no son nociones abstractas y por encima de las clases, sino que presentan un específico contenido de clase. Por lo tanto, es necesario hacer un análisis de clase; hablar abstractamente, fuera de un análisis de clase, significa engañarse a sí mismo y engañar a los demás.

El análisis concreto de las realidades concretas y el análisis de clase de los fenómenos sociales constituyen el método más radical en la búsqueda de la verdad, y el único para alcanzarla, sin caer en los vicios de método más frecuentes, como la unilateralidad, la superficialidad y el subjetivismo.

Aquéllo que se conoce y de lo cual se está convencido es la interpretación, o bien el "reflejo subjetivo", de la "realidad objetiva", la cual es tal independientemente de nuestras convicciones, las cuales están condicionadas por la calidad y la cantidad de instrumentos y elementos de los que disponemos para analizarla, consecuentemente, si no es clara la diferencia entre la "realidad objetiva" y el "reflejo subjetivo", no es posible realizar análisis correctas de carácter científico. El conocimiento es un proceso complejo, cuyo movimiento no es lineal. Si la dialéctica es defectuosa, este movimiento complejo se simplifica y se cambia la parte por el todo, la apariencia por la esencia, se aleja de la verdad y se cae en el error.

La verdad consiste en pensamientos que reflejan correctamente la realidad objetiva. Pero, ¿cómo podemos saber si nuestro pensamiento la refleja correctamente? Para juzgarlo es necesario determinar un criterio para distinguir la verdad del error.

Es necesario decir, ante todo, que la verdad es dialéctica, por lo tanto, relativa: aquéllo que es verdad hoy puede no serlo mañana. Entonces la verdad conseguida es siempre parcial y jamás definitiva en cuanto la realidad que ella desea reflejar está en contínuo movimiento, y el método científico para analizarla encuentra la propia extraordinariedad, no en la absurda pretensión de poder alcanzarla sin confrontarse contínuamente con ella, sino en el propio método irrenunciable basado exclusivamente en la verificación y reproducibilidad de las propias afirmaciones que permanecen verdaderas hasta que no se contradigan, transformando así la propia debilidad y falibilidad de la propia fuerza que acepta la nueva realidad objetivamente, colocándose inequivocablemente en antítesis con el dogmatismo, el idealismo, el subjetivismo.

Las diversas realidades

Hay quien considera que la verdad no sea otra cosa que "el consentimiento común", "el acuerdo de muchos" o "aquéllo que es reconocido por todos". A primera vista, también puede parecer que este criterio no sea de orden subjetivo, ya que no está basado en una subjetividad individual, pero de acuerdo con todos, en realidad es completamente equivocado considerar subjetivo algo que indique solamente ésta o aquélla subjetividad individual. "Subjetivo" se aplica indistintamente ya sea al individuo que a más personas. Como el antedicho criterio de verdad es de orden subjetivo, "aquéllo que es reconocido por todos", "el acuerdo de muchos" no podría garantizar una justa y clara distinción entre el error y la verdad. Según este criterio, cada pensamiento puede ser proclamado verdadero, con tal que tenga "el acuerdo de todos", refleje correctamente o no la realidad objetiva: y aquí está la substancia de la cuestión. La vida presenta muchas veces circunstancias en las cuales un pequeño número de personas se equivoca, pero también situaciones en las cuales un gran número de personas se equivoca. Se llega al punto en el que errores radicales son considerados por todos como verdades intocables y que propio la verdad es considerada oficialmente como error.

Si consideramos la historia de las ciencias, salta a la vista que la verdad inicialmente es descubierta sólo por alguien y al inicio la mayoría de las personas no la comprende y llega hasta a negarla y a combatirla. La elaboración de Copérnico es un ejemplo. Antes que hubiera formulado su teoría, se retenía que el globo terrestre fuese inmóvil, todos creían que fuese el sol a girar alrededor de la Tierra. Copérnico fue, en su tiempo, el solo hombre a sostener el contrario, y durante mucho tiempo, aún después que sus teorías fueran publicadas, muy lejos de ser condivididas por la mayoría continuaron a sufrir todo tipo de ataques. Las concepciones de la mayoría eran falsas. Según el criterio común, ¡Copérnico estaba equivocado! Resulta claro que siguiendo este criterio de la verdad no se puede distinguir de ninguna manera la verdad del error; pero al contrario, se crea una gran confusión, hasta hacer pasar el falso por verdadero, el blanco por el negro.

En la vida real, una nueva concepción, antes de ser progresivamente adquirida por la mayoría, viene muchas veces llevada adelante por una minoría; y al inicio, antes de llegar a "ser reconocida por todos", entra muchas veces en conflicto con la opinión general "el acuerdo de muchos". Lo mismo sucede casi siempre con las innovaciones científicas y técnicas. Si se adoptara el criterio del "acuerdo de muchos", sería necesario rechazar o sofocar las ideas nuevas y obstacular las innovaciones y el desarrollo científico y técnico. ¡Y ésto ocasionaría el daño más grande al desarrollo de la humanidad!

Hay quien considera que el criterio fundamental para reconocer la verdad sea "la claridad" y "la distinción de las ideas". Este criterio no es menos engañador de aquél del "consentimiento común". Es evidente que cuando se habla de claridad o de confusión, de distinción o de falta de distinción, es siempre a propósito de conceptos y de conocimientos.; al mismo tiempo, "claridad" y "distinción" no son realidades determinadas. Lo que es claro y distinto para uno puede no serlo para otro; aquéllo que no es claro hoy puede serlo mañana. Es muy "claro y distinto", por ejemplo, en teoría y en la numeración decimal, que "4 x 5 = 20", ¿quién podría negarlo? ¿Cómo se podría dudar de la justicia y de la seguridad de este criterio? Y todavía nada es menos seguro. Basta reflexionar un poco para descubrir que si "4 x 5 = 20" es una verdad clara y distinta para el hombre de hoy, al contrario, en los tiempos primitivos, cuando los hombres no sabían contar, era para ellos extremamente difícil comprender que "4 x 5 = 20". Entonces para ellos no era para nada una cosa clara y distinta, lo mismo vale para un niño que no sabe contar, y con respecto a los conocimientos científicos especialísticos se debe temer que este criterio sea aún más problemático. Muchos de estos conocimientos son muchas veces relativamente claros y distintos sólo para alguno; generalmente, la mayor parte de las personas no tiene más que alguna noción corriente y genérica y a veces muy limitada. La teoría atómica es un ejemplo; aparte de algún especialista, la gente no tiene un conocimiento claro y distinto de la estructura interna del átomo y de las leyes de su movimiento. Y es más, debe retenerse que la mayor parte de las personas no tenga noción alguna.

Si se basa sobre este criterio para determinar y evaluar la verdad, no se puede sino que llegar a este resultado: una misma cuestión será verdad para aquéllos que tendrán una idea clara y distinta, y será un error para aquéllos que no la tendrán; para quien no tiene las ideas claras y distintas hoy, pero puede tenerlas mañana, el error se convertirá en verdad. Esto significaría que la verdad no sería más objetiva, sino que seguiría el movimiento de la aparición de las ideas claras y distintas en la subjetividad de las personas. Al mismo tiempo, cada uno podría afirmar como verdad las más perfectas absurdidades que le aparecieran en modo claro y distinto, como el carácter inviolable del sistema de la propiedad privada, la perennidad del sistema capitalista, etc.. Existen algunos fenómenos "resplandecientes", como el hecho que el sol se alza al este, se pone al oeste y gira alrededor de la Tierra: es cuanto cada uno puede ver todos los días, pero es un error de interpretación.

En la sociedad dividida en clases, por la contradicción que deriva de las posiciones y de los intereses de clase, cada clase tiene su propio modo de evaluar la claridad y la distinción. Aquéllo que es claro y distinto para la burguesía no lo es para el proletariado. Es perfectamente claro y distinto para el proletariado que la clase de los capitalistas existe sólo para la explotación que ejercita sobre él, pero los capitalistas no reconocen esta verdad y juzgan, al contrario, que es la burguesía a hacer vivir el proletariado. Por este motivo, si se adopta el criterio de las ideas claras y distintas, se alejará de la verdad objetiva y se creará confusión entre el verdadero y el falso. En efecto,este criterio es el menos claro y el menos distinto.

La premisa esencial de cada verdad es la objetividad. La claridad y la distinción son elementos indispensables para la verdad de los conceptos; ellas dan mayor relieve a la verdad objetiva, pero no son instancias determinantes. Lo determinante es considerar si reflejan fielmente la realidad objetiva.

Los criterios de la "utilidad" y de la "eficacia" giran alrededor del "Yo". En otros términos, todo aquéllo que me es "útil" o "eficaz" es verdad, todo aquéllo que me es "inútil" o "ineficaz" es error. Y así, según estos criterios, los deseos y las necesidades subjetivas del individuo son la única medida de la verdad. Cada individuo tiene necesidades y deseos diversos y por lo tanto cada uno tiene su criterio particular de verdad. La absurdidad del criterio utilitarístico salta a la vista: cualquier fantasía puede ser calificada verdad y cualquier teoría científica puede ser calificada una absurdidad.

Una verdad objetiva es que el socialismo debe necesariamente sostituirse al capitalismo, pero con el criterio de la filosofía utilitarística se puede negar esta verdad porque no es "útil" a todos; la burguesía, por ejemplo, la considera inútil. Ya que no sirve a "mis intereses",¡no es una verdad! Al contrario, cada embrollo y cada absurdo sofisma que me es útil, puede ser una verdad. El criterio utilitarístico no es, por lo tanto, un criterio de verdad; es propio el criterio de la confusión, inversión de la verdad y del falso, del blanco y del negro, y negación de la verdad.

La filosofía utilitarística es una filosofía "útil" al imperialismo norteamericano, a través de su legitimación considera un derecho suyo la explotación de los pueblos y la agresión a otros países.

La verdad objetiva

La verdad objetiva es una, y no puede haber más verdades, según las diversas clases sociales.

Afirmar el carácter de clase de la verdad significa reconocer que ella pertenece a una colectividad, no a un singular individuo; en otros términos, la búsqueda de la verdad es sin dudas condicionada por las estructuras sociales en la que se encuentra; pero ello no incide en algún modo sobre el carácter objetivo de la verdad misma. El protagonista de la búsqueda no es en rigor el individuo sino la sociedad a la que pertenece. En consecuencia, no tiene sentido, por ejemplo, culpar a Galileo o a Newton por haberse dejado condicionar en sus propias investigaciones por el ambiente en el cual vivían; de haber dirigido la investigación científica en una dirección en vez de otra, a favor de un estrecho grupo de personas en lugar de las masas. Por los mismos motivos los escultores y los pintores del Medioevo esculpían y pintaban exclusivamente sujetos sacros, en función del dominio clerical de la época; así como hoy todo es en función del capital. El origen del comportamiento va buscado en la clase que domina la sociedad en aquel determinado momento.

En otras palabras: propio porque la búsqueda de la verdad es un fenómeno esencialmente social, es necesario, sobre todo, revolucionar la sociedad para obtener aquellos cambios que erróneamente vienen considerados de competencia de las ideas, las cuales en realidad no son otra cosa que el producto de la sociedad que las genera.

Todas las cosas son constituídas por relaciones de tiempo y de lugar, así como por las condiciones en las cuales tales cosas avienen. Consecuentemente, el querer comprender las cosas fuera del tiempo, del lugar y de las condiciones específicas es una operación abstracta que conduce inevitablemente a muchos disfraces de la realidad.

Todas las cosas están ligadas recíproca y dialécticamente entre ellas, y la concepción materialística de la verdad objetiva no teme de ser verificada en la práctica.

Afirmar que la verdad es una verdad de clase, significa reconocer que la clase reaccionaria es, en última instancia, la verdadera culpable de los límites que vinieron y vienen impuestos a la búsqueda de la verdad y, consecuentemente, el freno al pleno desarrollo de la civilización humana. Significa reconocer que esta búsqueda puede ser verdaderamente libre y responsable sólo en una sociedad que haya realizado la plena victoria sobre la competencia a favor de la más amplia colaboración.

Del tipo de investigación efectuada derivan las convicciones de las cuales parte y se desarrolla un modo (u otro) de entender y de realizar la solidaridad. Fuera de estos análisis nuestros (que para algunos, ovbiamente, serán sectarios) no hay, como se podría creer, mayor tolerancia y más agregación, sino ninguna otra cosa que voluntarismo ciego con los riesgos terriblemente reaccionarios que ello implica. La solidaridad apolítica y desideologizada es un absurdo, pero no podemos hacer a menos que constatar que este "atajo" voluntarístico en el que culminan espontaneidad, simplificación y falta de elaboración intelectual, lamentablemente triunfa con frecuencia. La transformación de la cultura "no se produce automáticamente en la conciencia, como no aviene espontáneamente en la economía. Las variaciones son lentas y no siguen un ritmo; hay períodos de aceleración, otros de deceleración y también, a veces, de regresión"; hoy, indudablemente, nos encontramos en esta última situación. Por lo tanto, resulta inevitable comprender, más allá de las intenciones, de qué parte se está y, para quien es ya conciente, es un deber extenderla a quien le está cerca.

LA SOLIDARIDAD CON CUBA

Cuba está situada a pocas decenas de millas del más potente (y prepotente) Estado del planeta e, inevitablemente, las trasformaciones que avienen en el mundo allí se repercuten en modo evidente, pero no sólo, también el tipo de solidaridad que recibe se repercute en su interno; puede, o al menos intenta, contrarrestar sobre el plano político (y también económico) las intervenciones muchas veces devastantes del capital extranjero, pero puede también ser o convertirse en funcional para los mismos intereses del capital. Por este motivo, ejercitar la solidaridad con Cuba obliga a la conciencia real de las transformaciones que se están produciendo a nivel internacional, e impone, hoy más que ayer, una elección del campo, no sólo formalmente junto a la Revolución sino además, consecuentemente, sometiéndose a un proceso conciente de autoeducación, adueñándose de la capacidad constructiva necesaria para que el compromiso solidario se concretice en la dirección justa sin caer en aquéllo que, más allá de las intenciones, podría ser su opuesto.

Quien considera de cumplir la elección solidaria, debe ser absolutamente conciente de estar asumiendo una responsabilidad: la solidaridad no es un modo de pasar el tiempo libre, ni la posibilidad de demostrar a sí mismo o a los demás la propia sensibilidad o capacidad, y menos aún un juego. Es un compromiso que se introduce concretamente en el contexto en el que actúa, y se puede introducir positiva o negativamente, resolver problemas o agravarlos, en consecuencia, implica el deber de asumir elecciones concientes y necesarias.

La catástrofe de los países ex-socialistas, como epílogo de la famosa perestrojka, y el cada vez más violento bloqueo impuesto por los EEUU, ha determinado la suspensión de la construcción del socialismo en Cuba que hoy, en pleno período especial, se propone sólo el objetivo de la defensa de los derechos conquistados con la Revolución y obliga a los gobernantes a tomar decisiones que jamás hubieran querido tomar; las contradicciones en todos los niveles resultan cada vez más evidentes y la solución de algunos problemas determinan el surgimiento de otros; el desarrollo intensivo del turismo y el ingreso de inversiones de capitales extranjeros ya determinaron el surgimiento de algunos fenómenos típicos de las sociedades capitalistas como la desocupación, la microcriminalidad, diferencias sociales, la prostitución; los servicios sociales como la instrucción y la sanidad, flores al ojal de la Revolución hasta hace pocos años, encuentran siempre mayor dificultad en llevar adelante sus funciones; el Partido Comunista se transformó en una estructura heterogénea; el Sindicato de los Trabajadores, en esta nueva situación, debe redefinir su rol; los campesinos venden los productos alimentarios a altos precios en los mercados agropecuarios; muchos jóvenes, atraídos por los turistas extranjeros rechazan el trabajo productivo en cambio de ofrecer a éstos algunos "servicios". Indudablemente la situación cubana, en este momento, es muy delicada y ninguno puede arriesgar previsiones sobre el futuro de la Revolución que, sin embargo, a pesar de las enormes dificultades, es aún hoy defendida con heroica determinación por tantos cubanos.

Pero esta incierta condición ya empujó a muchos "teóricos de casa nuestra" a análisis y conclusiones apresuradas y poco dialécticas, considerando a Cuba ya irreversiblemente encaminada hacia el revisionismo o, peor aún, hacia la restauración capitalista, por lo cual se interrogan sobre la "confiabilidad" de los cubanos, y algunos llegan a la conclusión que la solidaridad con Cuba hoy es una pérdida de tiempo y de recursos humanos que se podrían empeñar en modo más constructivo.

Es verdad que hoy es imposible eludir la amarga confrontación con los acontecimientos cubanos, con los graves golpes sufridos, con las inciertas prospectivas. Pero las respuestas quedan inevitablemente fijadas en el momento en el cual vienen dadas: nada es menos significativo que las respuestas y las explicaciones elaboradas en un momento en el cual las tensiones y los equilibrios están en las actuales condiciones. Y todavía hay otro obstáculo: son respuestas pensadas y enunciadas a miles de kilómetros de distancia, donde ya es una costumbre radicada caer en el hábito de configurarse las luchas y las revoluciones de los demás, especialmente de aquéllos más lejanos, como la mecánica proyección de las propias ideas e ideologías, idealizando las revoluciones ajenas, colocándolas afuera de la historia, y medidas con el parámetro del esquematismo teórico. Hoy se usan estos parámetros con respecto a Cuba, pero es también verdad que fueron usados para tantas otras realidades, sin preocuparse del hecho que aquéllos que eran los sujetos de turno de las críticas, al menos estaban intentando concretamente, y en las condiciones más difíciles, pagando en primera persona, aquéllo en lo cual creían, mientras desde la Europa opulenta, donde las condiciones para emprender el camino hacia una nueva sociedad eran y siguen siendo más propicias (por lo menos no se partiría de condiciones de subdesarrollo y de hambre), no se logró dar ningún pequeño ejemplo concreto, ni se vislumbra una posibilidad para que ello pueda avenir en un futuro, es más, lamentablemente nos encontramos en una situación de profunda desviación a la derecha en todo el continente y, si es válido también para nosotros el mismo criterio de evaluación que viene utilizado para los demás, debemos llegar a la constatación de que nuestra confiabilidad es decididamente inferior, sino prácticamente nula. No tenemos ningún derecho de enseñar a los cubanos lo que deben hacer, ni mucho menos de erigirnos en jueces y sacar la punta a las revoluciones de los demás, sin siquiera pensar en la propia, circundados y muchas veces beneficiados por los privilegios que nuestros países generosamente nos reparten privando a la mayor parte de los pueblos de sus derechos elementales.

Un proceso social no es sólo el fruto consecuente de la voluntad de quien lo construye, sino el resultado dialéctico determinado también de quien se le opone y, para quien lo haya olvidado, también de quien se rinde o se sorprende de ello. Si verdaderamente creemos que el hombre es el constructor de su propio futuro, tenemos la obligación de cumplir con nuestro deber, que no es el de constatar cuántos cubanos abandonan la Revolución (y por lo tanto, de parte nuestra, abandonar a la vez la solidaridad) sino ver cuántos, en este momento tan difícil, no tienen ni un instante de incertidumbre y, de verdaderos revolucionarios, como muchas veces lo han demostrado, en tantos modos y en todo el mundo, son capaces de sufrir y de luchar junto a los más necesitados, y hoy como siempre están dispuestos a defender su dignidad y su Revolución con todas las fuerzas.

El Comandante Fidel Castro, en una intervención suya de algunos años atrás, ha sintetizado maravillosamente el proceso revolucionario cubano con las siguientes palabras: "... pero nuestra sociedad, solidaria y humana, no abandona a ninguno en la calle, no deja ni a un solo trabajador sin empleo, divide lo que tiene, y esto es el socialismo, es la justicia social. Si tiene mucho puede dividir mucho, y si tiene poco puede dividir poco, pero divide lo que tiene, no deja a ninguno abandonado."

Si somos capaces de recoger el extraordinario valor humano y político de este compromiso, sabemos que nuestro deber de solidaridad está al lado de estas vanguardias de la dignidad del género humano, independientemente de los resultados positivos o negativos que pueden obtener en su país, independientemente de las victorias o de las derrotas, de los momentos de adelantos o de atrasos, pero por el alto valor de los ideales de libertad e igualdad que en este momento ellos tienen el gravoso honor de tener en alto, luchando en primera línea, para el rescate de todos los pueblos.

A estos ejemplos de internacionalismo debemos, por obligación, nuestra Solidaridad Internacionalista.

HASTA LA VICTORIA SIEMPRE


Podría parecer pedante, absurdo presuponer una lucha a muerte entre la pequeña Cuba y los gigantescos Estados Unidos de Norteamérica. Pero no se trataría de una lucha entre un país y otro; se trataría de lucha entre dos ideologías y dos modos de pensar diametralmente opuestos. La lucha entre aquéllos que quieren vivir de la explotación, discriminando a los hombres por su color de la piel, por su religión, por el dinero que poseen, y aquéllos que combaten para que todos los hombres sean iguales, para que todas las posibilidades sean las mismas, y que luchan también para que todos los pueblos del mundo - entre los cuales también el pueblo norteamericano - sean libres.

Por este motivo esta lucha adquiere carácter mundial y es absolutamente una lucha a muerte.

No habrá fin hasta cuando uno de los dos sistemas en lucha no será liquidado.

Ernesto "Che" Guevara